Vox, del nacional-catolicismo al ultranacionalismo neoliberal

La exitosa irrupción de Vox en las pasadas elecciones autonómicas andaluzas y su entrada en el Congreso tras el 28-A hace que dicho partido haya sido profusamente analizado, en busca de clarificadoras claves interpretativas. Una de ellas podría ser su clara adscripción a la derecha radical (desde una óptica ultranacionalista española, y no la europea de los partidos populistas de este espectro), y otra las continuidades y discontinuidades ideológico-culturales con su partido nodriza: el liberal-conservador Partido Popular, del cual ha sido y es una escisión a la derecha.

Respecto a la etiqueta derecha radical, nos sirve para entender que Vox es un partido que acepta las reglas del sistema liberal-representativo para poder desarrollar un modelo social lo más anti-izquierda y democracia avanzada que sea legalmente posible; siendo, por tanto, sus parámetros originarios los del más rancio ultra-nacionalismo español contemporáneo: unitarismo, catolicismo político decimonónico, nacional-catolicismo del siglo XX y franquismo.

No obstante, si éstos fueran sus únicos rasgos habría que calificar a Vox de derecha reaccionaria, mientras que el partido de Abascal tiene vocación de partido ‘agarralotodo’ de la derecha, por lo que no sólo utiliza la religión como factor legitimador cultural-político, sino que incorpora también aspectos seculares de la modernidad como la nación o la etnicidad xenofóba propia de planteamientos racistas no biológicos, sino ‘diferencialistas’ culturales. E incluso compagina todo ello con elementos de extrema derecha como los palingenéticos de la regeneración de la patria mediante una movilización de la España Viva contra la anti-España, una nueva Reconquista.

Recordemos que en el testamento del general Franco se dice: «Mis enemigos siempre fueron los enemigos de España», y lo que está costando acabar con la vergüenza democrática de que seamos el segundo país del mundo después de Camboya en tener más víctimas de guerras civiles por desenterrar de las cunetas mientras que el dictador yace en un mausoleo faraónico.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

Como expuso magistralmente J. L. Aranguren en Moral y Sociedad en el siglo XIX, la construcción del Estado-nación español se realizó bajo la hegemonía cultural de la Iglesia Católica y los liberales-conservadores españoles fueron, ante todo, católicos en ideas y creencias, identificándose sentimiento nacional e identidad religiosa salvo en sectores sociales situados extramuros del sistema. Se anteponía altar, trono y cristiandad a modernidad, desde las posiciones más extremas (carlistas, integristas) hasta las más templadas que intentaban compaginar, como hizo Cánovas del Castillo, tradición (catolicismo político) y modernidad (liberalismo).

De ahí que la agudización de los conflictos sociales en el último tercio del siglo XIX y el primero del XX se debió, en parte, a la ceguera de las élites españolas que controlaban las diferentes instancias de poder. Su análisis fue que la denominada cuestión social se había producido porque las clases populares habían dejado de ser católicas y, por tanto, la solución estaba en re-catolizar España por las buenas (centros católicos, prensa católica, Asociación Nacional de Propagandistas) o por las malas. Re-catolización que alcanzó incluso a las élites dirigentes mediante el Opus Dei, que incorporó al catolicismo los modernos valores protestantes.

Al llegar el siglo XX, los equilibrios que habían sustentado el modelo liberal decimonónico se rompieron y las posiciones políticas se radicalizaron al máximo, por lo que el catolicismo político devino en nacional-catolicismo. Pero éste no sólo era reaccionario, anti-liberal y anti-moderno sino que, como expone muy lucidamente A. Botti en ‘Cielo y dinero. El nacionalcatolicismo en España (1881-1975)’, el nacional-catolicismo fue una auténtica ideología que sirvió para que pudiera desarrollarse la expansión capitalista del país, soslayándose los peligros revolucionarios y secularizadores que pudieran haber comportado una modernización capitalista. Por esta razón, el culmen de la influencia social de la Iglesia en España se produjo durante el franquismo: financiación estatal, privilegios fiscales máximos, control del sistema educativo y la materialización legislativa de sus preceptos morales.

La derecha radical española ha sido y es ‘accidentalista’: los sistemas de gobierno pueden cambiar, pero lo esencial debe permanecer, como gustaba de decir M. Fraga Iribarne. Esto explica que la idea de España de Cánovas, unitarista y esencialista, fuera prácticamente la misma que tenía el general Franco (como la tesis doctoral de C. Viver Pi i Sunyer demostró) y la misma en lo fundamental de José María Aznar, Pablo Casado y Santiago Abascal (un riguroso análisis comparativo de sus ideas-fuerza así lo explicita). Una idea de España que reacciona y se enfrenta frontalmente a cualquier pretensión de cambio a la hegemonía del kilómetro 0 de la Puerta del Sol y que convierte a los nacionalismos periféricos en ‘archienemigos’ a destruir y con los que no hay nada de que dialogar y, mucho menos, pactar, ya que las ideas políticas están dogmatizadas.

Vox, sin embargo, supone un cierto cambio doctrinal, continuidad y discontinuidad a la vez con el Partido Popular: es manifiesta y decididamente neoliberal. Su modelo es una economía de mercado y una sociedad sin regulaciones: libertad, educación privada, sanidad privada, justicia privada… y seguridad privada: libre venta de armas a particulares (con la aquiescencia entusiasta del lobby armamentístico español). Como afirma José María Llanos, líder de Vox en Valencia, «(…) nosotros no somos Podemos, no queremos un gran Estado. Cuanto menos Estado, más libertad para los ciudadanos». O en el opúsculo Qué es VOX podemos leer: «Apostamos por los Valores, la Familia y la Vida (…) creemos en un sistema basado en la libertad, donde todos los impuestos sean los más reducidos posible o incluso eliminados. MENOS IMPUESTOS MÁS EMPLEO; MENOS ESTADO MÁS LIBERTAD».

El Partido Popular, hasta el trascendental cambio cultural-ideológico promovido por Aznar desde los gobiernos que presidió y, posteriormente, desde la Faes, utilizaba como referente doctrinal en materia económico-social la doctrina social de la Iglesia, intentando compaginarla con los emergentes idearios neoliberales. Idearios que Aznar hizo suyos como adalid modernizador de una España que «va bien». Abascal cree que España no va bien. Como sabiamente afirma un viejo tango argentino (Nostalgia): «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás existió».     

Autoría

Dejar un comentario