Vox: el discurso enmascarado

¿Cuántas de las noticias que leemos o escuchamos a diario consisten en la repetición de lo que dijo (o se supone que quiso decir) cierto representante político sobre cualquier insignificancia? La pregunta es relevante al hablar del discurso de Vox porque, cuando un analista se aproxima a él, encuentra dos cosas básicas: la primera, que el discurso del partido de ultraderecha que ocupa la esfera pública es, principalmente, ‘sobre’ Vox; esto es, un discurso referido. La segunda, que lo más importante de éste es lo que omite y cómo esquiva los verdaderos asuntos de la realidad política.

Con referencia al primer elemento, llama la atención el hecho de que son otros emisores quienes más difunden y amplifican el discurso de Vox. Esto ha sido así desde el mitin que celebraron en Vistalegre el pasado 7 de octubre, día a partir del cual se dispara la atención mediática recibida de un modo no comparable a ningún otro partido sin representación parlamentaria, y cuya actividad básica ha sido plantear múltiples demandas judiciales a diversos actores políticos; estrategia, por cierto, en la que no son pioneros. Esta cobertura desmedida (ver cuadro), que logra también su magnificación en las tertulias pseudo-políticas y en redes sociales, y sobre cuyos positivos efectos electorales hay ya estudios rigurosos, no siempre se realiza en términos de relevancia informativa sino, especialmente en televisión y redes, desde el regocijo autocomplaciente que, sobre todo, busca espectáculo y divertimento a partir de la política.

La segunda gran característica del propio discurso (esta vez sí) del partido de ultraderecha es que lo más importante es lo que no dice; se trata de un discurso que juega continuamente con sobreentendidos y sentidos indirectos, para lograr una adhesión mucho más emocional (instantánea) que racional (reflexiva). Para ello, utiliza diversos recursos lingüísticos. Así, en los contenidos, el discurso se sitúa en un plano periférico de la acción política que aborda temas mitificables y fácilmente convertibles en estereotipos: bandera, lengua, nación, toros, caza… Estos elementos crean un marco interpretativo muy ambiguo, pero que funciona como un lote compacto con indudable aroma a pasado: un pasado idealizado y monolítico. No en vano el líder del partido, en una de sus entrevistas, declaraba como lecturas preferidas de infancia los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, pese a que no eran «de su generación». Se activa así, con estrategias indirectas, la idea mítica de la tradición como eje vertebrador del discurso; según afirmaba Bobbio (1995, Derecha e izquierda): «Nada fuera ni en contra de la tradición, todo en y por la tradición».

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Y, como ocurre en todas las retóricas populistas, la acción política básica que se plantea es simple: la de defensa, proponiendo como herramientas la prohibición, la censura o la penalización. Convertir el discurso político en un acto de defensa permite describir la política en términos narrativos, sustituyendo los argumentos por relatos e identificando acciones previas de ataque y, consecuentemente, culpables. La simplificación conceptual lleva a reemplazar las ideas por sus correspondientes estereotipos, y tanto los grandes conceptos políticos que se pretende defender (libertad, democracia, soberanía, incluso España y Constitución) como los sujetos colectivos señalados como culpables (políticos, inmigrantes, homosexuales, feministas), se reducen a palabras-cliché, cuyo sentido es siempre un poco especial, diferente del significado que les da el diccionario.

El marco narrativo de ataque/defensa permite, además, el juego sucio emocional, por dos razones: en primer lugar, porque naturaliza (e incluso enaltece) posturas emocionales contrarias a la ética democrática y a los derechos humanos; y, en segundo lugar, porque la retórica del agravio facilita a los seguidores una intensa identificación victimista; libre, por tanto, de responsabilidades. Y con el goteo constante de supuestos ataques violentos, el relato deviene épica.

Esta repetición de tópicos maniqueos, con una sociedad dividida en buenos y malos, logra a su vez un doble objetivo: por un lado, evita detallar las propuestas políticas reales, claramente alineadas con la ultraderecha y el desmantelamiento del Estado del Bienestar; por otro lado, enmascara las incoherencias, la ausencia de programa en ámbitos sensibles o la incompatibilidad de las propuestas declaradas con esa Constitución que dicen defender (una Constitución que, por ejemplo, garantiza el plurilingüismo o el derecho de manifestación).

Por último, esas dinámicas en los temas, los conceptos o la elección de las palabras son reforzadas también en el ámbito de las acciones discursivas. En este nivel observamos la rítmica generación de mensajes-escándalo (la compra de armas como ejemplo), en una especie de pirotecnia discursiva desafiante que, mediante su radicalidad y excentricidad, obtiene lo que pretende: una difusión gigantesca para los mensajes, tanto por parte de los afines como de los adversarios. Lo que nos devuelve a la cobertura que ofrecen los medios sobre este discurso, y a la necesidad de ignorar los temas explícitos propuestos desde el partido para informar mejor sobre lo que no se dice y queda oculto tras la filigrana retórica. Saber, por ejemplo, qué proponen sobre el tipo de sanidad, educación o derechos sociales que podrá tener una niña que, en lugar de leer Alcázar y Pedrín, ve Ladybug en su móvil; y saber también cómo se financiarían.

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