Vox facilita el pacto de las izquierdas

Cuando la legislatura colapsó en septiembre, muchos analistas predijeron que apenas habrían cambios sustanciales en los resultados. Otros alertaron de que pequeñas variaciones podían transformar significativamente el escenario político. Ambos estaban en lo cierto.

Con las precauciones debidas a falta de análisis más finos de los datos de este 10-N, podríamos resumirlo así: se mantienen las mismas razones que han producido bloqueo a la gobernabilidad hasta ahora, aunque también se mantienen casi las mismas vías para desbloquearlo. Persiste la correlación de fuerzas entre bloques, aunque hay un realineamiento dentro de esos bloques. Y aunque sigue siendo posible un gobierno con algunos de los mimbres que no cuajaron en julio (una mayoría de izquierdas con implicación o tolerancia de nacionalistas y regionalistas, u opciones de gobernar con minorías precarias), parecen haberse complicado (aún más si cabe) las opciones para políticas consensuales de reformas con mayor alcance. ¿Por qué?

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El 10-N consolida la estructura de bloques opuestos y equilibrados (Figura 1). Las derechas estatales reducen la distancia respecto a las izquierdas hasta poco más allá de los 100 mil votos (que se esfuman si sacamos a Compromís de la suma), pero su división sigue frenando las opciones de Casado. Y en medio, aumenta el tercer bloque de la España periférica, con una diversidad sin precedentes: CUP, Teruel Existe, PRC, Navarra+, BNG, CC… aparte de los grupos catalanes y vascos más fuertes. No encontrarán nada parecido en otras democracias europeas equiparables.

La oposición de bloques se polariza aún más si cabe, tras el colapso de Ciudadanos y su remplazo por Vox, que es ubicado por la mayoría de electores en el extremo derecho de la escala ideológica. Como señala la Figura 2, la polarización partidista en España se sitúa por encima del 9 en una escala de 0 a 10. Máximo disenso.

Esa polarización refleja uno de los fracasos del 10-N: el PSOE sigue sin recuperar cerca de un millón de electores de centro-izquierda que, desde hace una década, se han alienado electoralmente de este partido. Recordemos que su regreso era la motivación real que pudieron haber tenido estas elecciones para la Moncloa. En abril, fue el reverso de la victoria de Sánchez. En noviembre, es algo más: la desafección casi definitiva de un tipo de exvotante (o nuevo votante que debería haberlo sido según los parámetros del pasado) al que no le gusta ni Sánchez ni el nuevo PSOE ni lo que este propone para reconducir la crisis constitucional en Cataluña. Encontraron a Ciudadanos como opción para la salida. ¿Adónde fueron esta vez? A falta de un análisis más fino, casi podemos descartar que hayan regresado al PSOE. Y las consecuencias de esta desafección son profundas, porque significa que la frontera operativa entre los bloques de izquierda y derecha se ha movido más hacia la izquierda, encogiéndola. De momento, la división interna de la derecha neutraliza los efectos de su expansión. Pero, ¿qué sucederá el día que esa división se revierta? ¿Se volverá a desplazar la frontera más hacia la derecha? O, por el contrario, ¿se constatará el alcance, en términos de poder, de una derecha más extendida de lo que conocimos en los últimos 40 años?

Por el momento, el auge de Vox impone serios límites al margen del levemente recuperado Casado para ejercer de hombre de Estado. Muchos habían confiado estas semanas en una cierta recuperación del bipartidismo para exigirle grandes consensos que pusieran fin a la inestabilidad gubernamental. Es dudoso que los dos grandes partidos, con jóvenes liderazgos que ya no vivieron la Transición, recuerden cómo se forjan esos “grandes consensos”. En cualquier caso, Vox puede convertirse en el tribuno de una España más autoritaria e intransigente con la izquierda y los nacionalismos periféricos, de modo que ejerza como un veto player (un actor con veto) a la sombra, disuadiendo al PP de acercarse excesivamente al PSOE. Claro está, eso dependerá de cómo evolucionen las relaciones entre los otros partidos. De eso irá la próxima legislatura, si consigue levantar el vuelo.

A la izquierda del PSOE, el encogimiento avanza lentamente. Iglesias consigue evitar que la llegada de Más País tumbe a Podemos. A pesar del espejismo a principios de octubre que encumbró a la nueva formación por unos días (cuando los sondeos y espacios de opinión no tenían otra cosa de la que ocuparse), a Errejón le ha faltado todo para para poder triunfar. Es curioso: si se hubiera presentado solo en la capital, como Más Madrid, hoy podría haber ofrecido el mismo resultado como una gran victoria. Pero Madrid no es el resto del país. Aunque tanto da: si el PSOE acepta encarar una coalición con Podemos, el valor ministerial de Errejón se elevará como contrapeso a Iglesias en un hipotético ejecutivo coral de izquierdas. Veremos entonces si su futuro pasa por el nuevo partido… o por otro.

Mientras tanto, en Cataluña se mantiene el reequilibrio del independentismo en favor de ERC, aunque corregido con la llegada de la CUP y la resistencia de JxC. A fin de cuentas, la sentencia sobre los políticos catalanes no ha alterado sustancialmente las fronteras internas del independentismo. En realidad, esa disputa queda aplazada hasta las próximas elecciones autonómicas, que podrían ser la primavera de 2020. Aunque hace tiempo que la política catalana se despegó de la lógica estrictamente parlamentaria: con un gobierno roto, sin mayoría, sin presupuestos desde hace dos años… la coalición gubernamental será capaz de sobrevivir hasta que Puigdemont considere que le convenga, si la justicia belga no decide lo contrario.

En conjunto, las elecciones del 10-N han servido para clarificar y corregir algunos datos difusos de abril. Ya no hay centro sobre el que bascular una mayoría alternativa: o gobierno de coalición de las izquierdas y periferias o vuelta al ruedo electoral. Y eso nos depara una interesante paradoja para Sánchez. Aparentemente ha quedado debilitado, y se ha reducido su margen de opciones para ensayar la geometría variable parlamentaria.

Sin embargo, aunque Casado intentará alimentar esa hipótesis, las opciones de gobiernos sin Sánchez son inverosímiles. Y con una derecha radical en el cogote del PP, Sánchez tiene incentivos para intentar una coalición de izquierdas sin un coste tan elevado ahora que la alternativa de centro ya no es viable. Si en julio la mitad de los votantes socialistas no querían una coalición con Podemos porque había la opción de Ciudadanos, ahora nadie va a poder objetar el pacto de izquierdas. Y el PP deberá calcular bien el grado de grandilocuencia con que se podría oponer en caso de que esa coalición saliera adelante. Como Ciudadanos ha mostrado trágicamente, en un escenario de competencia multilateral, los excesos retóricos y los errores de cálculo de los actores centrales se pagan muy caros en forma de pérdidas centrífugas. Dicho de otro modo: Si Sánchez gestiona bien sus debilidades y contiene la vanidad que genera el hiperliderazgo, que ha estado a punto de jugarle una mala pasada, el nuevo escenario, a la Zapatero pero más fragmentado y polarizado, puede darle más recorrido del que muchos han sugerido estas últimas semanas. 

Para ello, no deberá pasar por alto dos lecciones fundamentales de estos cuatro años, patentes una vez más en las urnas del 10-N.

Por un lado, algo que no ha cambiado ni va a cambiar. La gobernabilidad española pasa por integrar, en las formas y los tiempos adecuados, el papel de esa tercera España representada por los otros, los nacionalismos y regionalismos periféricos, que sigue y seguirá siendo imprescindible para hacer funcionar el sistema. No solo completan mayorías para investir presidentes de gobierno; también mayorías para gobernar, aprobar presupuestos y transformarlos después en políticas públicas estables y eficaces. ¿Se puede resolver eso sin canalizar la revuelta catalana? Más que dudas, el 10-N aporta certezas: no.

Aunque todo ello dependerá de la solidez con que los ciudadanos emitan su voz más allá del 10-N. En las próximas semanas, volveremos a oír hablar de culturas de pacto y compromiso, y se mencionarán ejemplos de países donde el gobierno de las coaliciones multipartido son pauta inexcusable: Holanda, Austria, Dinamarca, Bélgica, ¿Israel? No olvidemos que la conformación de coaliciones de gobierno en casi todos estos países está resultando cada vez más costosa, prolongada e inestable.

Y es que en España y más allá los aspirantes a gobernar topan cada vez más con una tendencia creciente a la volatilidad de una parte del electorado, demasiado elevada para que los partidos puedan atreverse a gobernar sin aversión al riesgo. Si bien la mayoría de electores querían un gobierno en julio o septiembre en vez de elecciones, estos mismos electores estaban fuertemente divididos sobre con quién se debía gobernar. Ciudadanos sucumbió a esa confusión. Ahora corresponderá al PSOE resolverla de forma más exitosa. El incremento a la aversión al riesgo es consustancial a democracias más fragmentadas y polarizadas. Ciertamente, esta provoca que muchos ciudadanos acaben juzgando a los políticos como irresponsables, oportunistas o cortoplacistas. Con todo, deberemos preguntarnos en qué medida los ciudadanos estamos dispuestos a aceptar que sean de otra manera. Si los votantes quieren compromisos entre políticos, deberán también comprometerse con quienes los alcancen. Tras cinco años dando vueltas, representantes y representados tendrán que aceptar que esto es lo que hay. Que no es poco.

Autoría

1 Comentario

  1. Carlos López
    Carlos López 11-11-2019

    Yo no creo que Vox facilite el pacto del PSOE con Podemos e izquierdas nacionalistas. Creo que Sánchez siempre apuntó hacia esa alianza, de hecho para eso le apoyaron frente a Susana Díaz. Pero Sánchez pretendía hacerlo de tapadillo. Sin que se notase. A lo PSC, aliado con el nacionalismo pero fingiendo estar en contra.

    Con este mal resultado, Sánchez solo puede se Frankenstein. No puede jugar a la vez el papel de Mr. Hide.
    «10-N, podía haber sido peor» https://politicadegaraje.blog/2019/11/11/10-n-podia-haber-sido-peor/

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