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China no es un enemigo

Eugenio Bregolat Obiols

9 de Marzo de 2020, 21:07

El presidente Donald Trump ha emprendido una guerra económica contra China cuyo eje es la desconexión, o decoupling, entre las economías de ambos países, dejando caer un nuevo telón de acero entre ellos y precipitando al mundo a una nueva guerra fría. Pero al mismo tiempo ha puesto en marcha una política de decoupling geopolítico en relación con sus aliados europeos, renegando de la libertad de mercado, del multilateralismo anclado en el sistema de Naciones Unidas, del acuerdo de París sobre el cambio climático y del acuerdo de desarme nuclear con Irán, y aceptando un plan de paz israelí sobre Oriente Medio rechazado de plano por los palestinos y por los países europeos. Pero no todos los estadounidenses piensan como Trump y los halcones de los que se ha rodeado. El 19 de julio pasado, The Washington Post publicó una carta abierta al presidente y al Congreso de EE.UU., firmada por 100 de sus más lúcidos y experimentados ciudadanos en materia de política exterior, con el elocuente título 'China is not an enemy'.          

Los actuales dirigentes americanos desearían enrolar a Europa en su cruzada contra China, como acaba de verse en la Conferencia de Seguridad de Múnich en enero pasado. La presidenta del Congreso de EE.UU., Nancy Pelosy, inveterado halcón anti-chino, llegó a decir que "adoptar el 5G del país asiático equivaldría a preferir la dictadura a la democracia". Acabar con Huawei, la empresa de Shenzhen que produce este sistema de telecomunicaciones, se ha convertido en un objetivo central de la política norteamericana. Pero la UE y sus países miembros no compraron tan burdos argumentos y se ha negado a excluir de sus mercados a Huawei, como ha hecho Estados Unidos. Ni siquiera Gran Bretaña, el más fiel aliado americano, lo ha hecho, lo que provocó una reacción 'apopléjica' de Trump, transmitida a Johnson por teléfono (según The Financial Times. Ya unos años atrás, el propio Reino Unido fue el primer país europeo en integrarse en el proyecto chino del Banco Asiático para la Inversión en Infraestructuras, desoyendo la petición americana.

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Los países europeos dependen de EE.UU. para su seguridad, pero también de China económicamente, al igual que los países asiáticos, de modo que su actitud ante Estados Unidos es la misma que la de aquéllos: "No se vayan, pero no nos obliguen a elegir". Presionando a los europeos para que se unan a ellos en una cruzada anti-china, los norteamericanos pueden acabar aislados. America first puede convertirse, como ha escrito Javier Solana, en America alone.

El presidente Macron pide una defensa europea "para defenderse de Rusia, de China, e incluso de EE.UU.". La canciller Merkel, cuyo teléfono fue intervenido por el espionaje americano, considera que "ya es hora de que Europa tome su destino en sus propias manos". Su ministro de Asuntos Exteriores, Heiko Maas, en un artículo en Foreign Affairs el año pasado, fue más contundente: "Una respuesta fuerte y soberana es la respuesta a la hostilidad de Trump. No hay alternativa a una Europa autónoma". La nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se ha mostrado a favor de "una Comisión estratégica". Y el nuevo responsable de Política Exterior y Seguridad, Josep Borrell, ha dicho que "Europa debe aprender a usar el poder".

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Vamos a ver si tan fervientes declaraciones de nacionalismo europeo se traducen en hechos. No será fácil que la UE llegue a hablar con una sola voz y a actuar con una sola voluntad porque la política exterior y la de defensa siguen en manos de los estados miembros, que no las han transferido a Bruselas. El mecanismo de toma de decisiones en estas materias se rige por la unanimidad, de modo que un solo Estado puede bloquearlo: es impecablemente democrático, pero escasamente eficaz. Dado cualquier caso en estos asuntos, a priori no se sabe si habrá o no posición común. Así, mal puede hablarse de una verdadera política exterior y de seguridad europea. Si se quiere superar esta situación, hay que avanzar hacia un mecanismo de toma de decisiones por mayoría, simple o cualificada. Si no hay unanimidad para ello, los países que deseen avanzar tendrán que hacerlo solos, activando el mecanismo de cooperación reforzada o creando nuevas estructuras. Para ello, es indispensable el acuerdo entre Francia y Alemania. De llegar a haberlo, con toda probabilidad algunos países miembros se quedarían fuera, como ocurre con el euro. 

Enrico Letta, ex primer ministro italiano y actual decano de la Escuela de Relaciones internacionales de la Universidad de París, dijo a fines de agosto, en el curso Quo Vadis Europa?, que dirige Josep Borrell: "Si los países europeos no avanzan hacia la unión política, dentro de 10 o 15 años la única opción que tendrán, uno a uno, es si quieren ser colonia de EE.UU. o de China". Jean Monnet, uno de los padres de Europa, escribió en sus Memorias, publicadas en 1976, más de medio siglo atrás, que los países europeos tendrían que superar todavía grandes pruebas para entender que la única alternativa a la unión política es la creciente irrelevancia. Por separado, los países europeos son demasiado pequeños para poder tratar en plano de igualdad con gigantes como EE.UU. o China.

¿Acaso la América de Trump, la re-emergencia de China o el Brexit no son pruebas suficientes para que los países europeos entiendan que deben poner en marcha una política exterior y de seguridad común, que implica el avance hacia la integración política? Si no lo son ¿es que habrá alguna prueba capaz de impulsarlos en esta dirección? ¿O Europa es ya un cuerpo inane, carente de voluntad política? Rechazar la integración política para retener la soberanía nacional es un autoengaño, ya que ésta es cada vez más una cáscara vacía para los países europeos individualmente considerados. Si avanza hacia esa integración política, Europa podrá ocupar un puesto en la mesa de las grandes potencias, en la que hoy sólo se sientan Estados Unidos y China. Si no lo hace, en vez de ser un sujeto en la escena internacional será un mero objeto de las luchas por el poder de los otros. Es, en definitiva, para Europa la cuestión existencial: To be or not to be.

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