-
+

Las políticas públicas basadas en impulsos

David Jiménez-Gómez

15 de Mayo de 2017, 21:45

La economía del comportamiento está revolucionando la manera en la que economistas, políticos, y administraciones diseñan soluciones a problemas sociales, pasando de ser un área marginal de la economía académica a estar en el foco del diseño de políticas. Tal está siendo el éxito de esta disciplina (conocida en el mundo angloparlante como behavioral economics) que el pasado septiembre el presidente estadounidense Barack Obama apoyó, mediante una orden ejecutiva, su uso por las administraciones.

¿Pero qué es la economía del comportamiento, y de dónde surge? Se trata de la disciplina que integra economía y psicología, y sus orígenes se pueden explicar contrastándola con la economía neoclásica: durante gran parte del siglo XX, los economistas usaron un modelo racional del individuo, matemático y desprovisto de emociones. La economía del comportamiento surge como una alternativa más realista, en la que se acepta que las personas toman decisiones donde influyen la impulsividad, las emociones (como la vergüenza o la envidia), y el deseo de acatar normas sociales.

Si hemos de elegir un evento que puso el foco de atención sobre la economía del comportamiento, sería la publicación de Nudge en 2008.  En este libro los profesores universitarios Richard Thaler y Cass Sunstein introdujeron el concepto de "nudge" o "impulso": una intervención que pretende ayudar a las personas a mejorar su comportamiento, sin restringir en ningún momento la capacidad de elección de las mismas.

Los impulsos se pueden aplicar a casi cualquier situación, desde recaudación de impuestos hasta alimentación. Si debiese dinero a Hacienda, y le llegase una carta con la frase "en el pasado hemos considerado su falta de pago un descuido, pero si no paga ahora lo consideraremos una elección activa", ¿se apresuraría en pagar? En el Reino Unido, un equipo de investigadores consiguió recaudar más de 850.000 libras con esas pocas palabras, ¡un impulso muy rentable! Y en las cantinas escolares se cambió la ubicación de los diferentes alimentos: en vez de tener chocolatinas y caramelos junto al lugar donde se ha de pagar (no es casualidad que los supermercados los coloquen ahí), se puso fruta en su lugar. Esta sencilla intervención fue capaz de mejorar los hábitos de alimentación de los estudiantes.

Los impulsos tienen una serie de ventajas sobre las políticas tradicionales. Puesto que no restringen la capacidad de elección, los ciudadanos pueden ignorarlos si así lo desean, protegiéndolos de políticas perjudiciales. Además, los impulsos suelen ser muy baratos: cambiar la ubicación de la fruta en las cantinas, o añadir unas palabras a una carta, no requiere una gran inversión. Quizás lo más importante es que el desarrollo de los impulsos ha ido ligado al uso de los experimentos para determinar su efectividad. En medicina, para estudiar un nuevo medicamento se usa un grupo que recibe el tratamiento y un grupo de control que recibe un placebo; de la misma manera se puede estudiar la efectividad de un impulso implementándolo sobre un grupo y comparándolo con otro que no lo recibe. Esta metodología está introduciendo un rigor científico sin precedentes en el diseño de políticas públicas, que promete contribuir al bienestar de la sociedad.

Algunos gobiernos han decidido usar impulsos como parte de sus políticas. En el año 2010, el gobierno británico creó el Behavioral Insights Team: el primer "equipo de expertos en comportamiento", el cual ha implementado un número de impulsos, algunos con el potencial de salvar vidas: simplificar los formularios de recetas médicas redujo el número de errores en dosis prescritas del 3% al 0%. Otros organismos internacionales, como la Unión Europea, y el Banco Mundial, también han tomado nota del éxito de este enfoque.

Aunque en menor medida que en otros países, los impulsos también han llegado a España. Un estudio publicado en la revista Science, mostró que la tasa de donación de órganos es mayor en los países (como España) en los cuales la opción por defecto es ser donante, que en aquellos en donde hay que registrarse como tal. Esto, junto con medidas como que cada hospital tenga un coordinador de trasplantes, hace que España sea el país con más donantes por millón de habitantes, con una tasa de donación que triplica la de Alemania.

En conclusión, políticos e instituciones tienen a su alcance un nuevo arsenal de intervenciones para ayudar a sus ciudadanos a tomar mejores decisiones. Los impulsos ofrecen una ventaja adicional, ya que los pueden usar instituciones que no tienen acceso a medidas tradicionales de regulación: ayuntamientos, universidades o empresas, que están limitados en el tipo de medidas que son capaces de implementar, pueden sin embargo usar impulsos de manera efectiva (por ejemplo, aunque no puedan subir los impuestos al tabaco, sí que pueden utilizar impulsos para luchar contra el tabaquismo). Un número de países y organismos internacionales han creado equipos de expertos para implementar impulsos; sin embargo en España y América Latina aún no se han incorporado estas intervenciones de manera habitual al diseño de políticas públicas. Esto nos sitúa un paso por detrás, pero también ofrece un sinfín de oportunidades donde aplicar la economía del comportamiento y los impulsos.

¿Qué te ha parecido el artículo?
Participación