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Pandemia y estancamiento secular

Xosé Carlos Arias

13 de Mayo de 2020, 19:57

Al igual que ocurrió con la crisis financiera hace una docena de años, la pandemia ha desatado una vorágine de especulaciones acerca de cómo será el mundo tras su violenta y devastadora irrupción. En el entorno de incertidumbre radical en el que nos hemos adentrado, muchas predicciones sobre los cambios que vienen se levantan sobre bases muy débiles, cuando no sobre el mero deseo de quien los formula. Sí puede ser de interés, por el contrario, preguntarse por cómo pueden verse afectadas por la Gran Reclusión algunas tendencias económicas y sociales que parecían estar ya en marcha bastante antes del coronavirus.

En el ámbito de la economía, uno de los debates más vivos de los últimos años gira en torno a la posibilidad de que gran parte del mundo desarrollado haya caído en una inercia de muy bajo crecimiento –del PIB, de las tasas de interés, de la inflación– a largo plazo. En realidad, sería una proyección hacia el futuro de una tendencia de largo recorrido, pues las tasas de crecimiento van a menos, década a década, desde hace casi medio siglo. Hablamos del ya famoso argumento del estancamiento secular.

Decimos famoso, pero su recuperación –fue formulado inicialmente en la década de 1930, pero desde entonces permaneció en el olvido– data de hace apenas seis años, habiendo generado en este corto período un torrente de literatura. Es curioso que muchos economistas estén de acuerdo con su validez, pero discrepen sobre las causas que lo pueden provocar. La demografía adversa o la creciente desigualdad y sus efectos de lastre sobre el consumo figuran entre los factores que unos u otros autores destacan en el posible origen de ese fenómeno. Desde mi punto de vista, hay otra razón que da más credibilidad y consistencia a la hipótesis de un estancamiento en el horizonte de una o dos décadas: la desmesura alcanzada por la deuda global, privada y pública, a una escala nunca antes conocida, en torno al 340 % del PIB mundial.

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Ya al comienzo de la crisis financiera, muchos descubrieron que la bomba de la deuda, por entonces principalmente privada, era una rémora fundamental para retomar el crecimiento: desactivarla resultaba imprescindible –pues no se puede vivir sin más sobre una bomba, del tipo que sea–, pero la herida que eso produciría en la actividad podía ser muy profunda. Lo que ocurrió, sin embargo, es que, lejos de ser contrarrestada, la deuda global siguió creciendo hasta la cota antes mencionada.

El caso es que, sobre todo en el caso de Europa, la percepción de que el estancamiento secular –presentado a veces como una japonización del continente, haciendo referencia a que en ese país se experimenta ese fenómeno desde hace ya un par de décadas– iba en serio era bastante firme a finales de 2019. ¿Algo de lo que está ocurriendo en este tiempo de parada general en la actividad altera en algún sentido esa perspectiva, reforzándola o conteniéndola? En los próximos meses seremos muy probablemente testigos de dos fenómenos que le pueden afectar de una forma contrapuesta.

El primero es un apreciable aumento de los distintos ámbitos de endeudamiento, que se puede dar por seguro; sobre todo el de carácter público, como consecuencia de los ingentes esfuerzos de intervención que serán necesarios para levantar cortafuegos frente al incendio recesivo. Cabe la posibilidad de que el hundimiento productivo sea muy profundo, pero también bastante breve (algunos cálculos no precisamente optimistas apuntan a que la economía española podría recuperar en 2022 sus niveles de actividad previos a la pandemia, cuando en la crisis anterior se tardaron ocho años en hacerlo), lo que debiera facilitar el ajuste. Pero, de una u otra forma –habrá que ver cómo se concretan los programas europeos al respecto–, los gobiernos nacionales o la propia Unión Europea saldrán masivamente a financiarse a los mercados de bonos. Serán muchos los países cuyo endeudamiento público supere el 100 % de su PIB. Por su parte, la evolución de la deuda privada es más incierto, pero dada la importancia que la provisión de liquidez está teniendo en las ayudas a las empresas, cabe pensar que el apalancamiento de estas últimas tenderá a crecer con fuerza en los próximos meses.

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Hay, por tanto, una razón poderosa para creer que esta coyuntura crítica reforzará la inclinación hacia el estancamiento secular de las economías desarrolladas. Pero todo dependerá de para qué sigamos endeudándonos. Porque hay un segundo hecho importante, íntimamente relacionado con lo anterior, que acaso juegue en un sentido opuesto: la puesta en marcha de grandes programas de inversión que, siendo imprescindibles para la reconstrucción desde el actual colapso, pudieran y debieran dirigirse a afrontar las dos grandes disrupciones estructurales a las que se enfrenta la economía mundial, la digitalización masiva y la lucha contra el cambio climático.

Porque, en realidad, nadie puede pretender que la tendencia hacia el estancamiento es algo escrito en las estrellas, que de ningún modo cabe evitar. Por el contrario, la necesidad de contrarrestarlo justifica el énfasis reciente que no pocos autores o agencias multilaterales han situado en la exigencia de grandes programas de inversión pública dirigida a inyectar dinamismo, sentido de innovación y capacidad competitiva a las distintas economías. Sin embargo, en el orden práctico, esa exigencia apenas ha traspasado los límites de la retórica; por ejemplo, en Europa tenemos el caso del Plan Juncker, anunciado a bombo y platillo, pero de cuyos resultados poco se ha sabido en estos años.

Ahora, en cambio, necesidad y virtud podían ir fácilmente de la mano; pues si los países europeos van a tener que realizar, en todo caso, un gran esfuerzo inversor y endeudarse para intentar volver a la normalidad, carecería de lógica que no lo dispusieran en el sentido transformador de adoptar los sistemas productivos a los cambios que vienen. Una adaptación en la que los procesos educativos, científicos y de innovación debieran desempeñar papeles trascendentes, y que de no hacerse ahora habrá que emprender de cualquier modo dentro de unos años.

Entiéndase bien: la inversión pública a gran escala no garantiza una ruptura de las inercias de estancamiento, y además hay que contar con el lastre de una deuda en expansión (debido, en buena medida, a la necesidad de financiar esos mismos programas). Pero sí puede crear una oportunidad de oro para amortiguarlas. La cuestión es si sabremos aprovecharla, acertando en su orientación estratégica de cara a una efectiva transformación de nuestros sistemas productivos.

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