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¿Todo gracias a Draghi?

Francesco Ramella

11 mins - 11 de Enero de 2022, 18:00

En octubre de 2020, The Economist dedicó un artículo a Italia con un título bastante evocador ('How the jeopard lost its spots'), en el que relataba la decadencia de un país que se deslizaba hacia la irrelevancia económica. La dramática ralentización de nuestro crecimiento le daba seguramente la razón. Si la renta de un ciudadano europeo es igual a 100, en los últimos 25 años la de un italiano ha perdido 30 puntos porcentuales, pasando de 126 en 1995 a 94 en 2020. 
 
Figura 1.- Evolución del PIB italiano en relación con la media europea

Por eso, más de un año después de aquel implacable análisis sorprende que el mismo medio semanal nos corone ahora como "país del año". Por supuesto, para los periodistas británicos no nos hemos convertido en el país "más grande, más rico o más feliz" del mundo, sino simplemente en el de mejor rendimiento en 2021. Las razones del reconocimiento son esencialmente dos: 1) nuestra reacción contra la pandemia, y 2) la acción emprendida por el Gobierno actual para volver a poner en marcha la economía italiana.


¿Entonces, todo el mérito es de Mario Draghi y de las vacunas? Si hace un año las noticias sobre la desaparición de Italia parecían exageradas (véase 'L'Italia e il futuro possibile', il Mulino, n. 1/21), hoy es igual de exagerado recurrir al excepcionalismo de la crisis pandémica y al enésimo hombre providencia para explicar la recuperación italiana.
Empecemos por decir que esta actitud más positiva hacia el país está bastante extendida entre los observadores extranjeros. Para comprobarlo, basta con leer los titulares del Financial Times, las declaraciones de muchos líderes mundiales o las previsiones de crecimiento elaboradas por organizaciones internacionales. También en el ámbito interno, el clima de la opinión pública, las empresas y los consumidores ha mejorado notablemente con respecto a hace dos años, con un inesperado retorno de la confianza en el futuro (véase F. Ramella y R. Sciarrone, 'Il futuro è tornato').

Dicho esto, la tesis que pretendo exponer es muy diferente a la del semanal británico, que atribuye gran parte del mérito a nuestro primer ministro. Italia se enfrenta hoy a una verdadera coyuntura crítica que ofrece la oportunidad de relanzar el país; algo muy diferente a un modesto repunte económico tras la crisis pandémica, o a una simple reacción a los estímulos expansivos ofrecidos por el Gobierno y la UE. Se trata más bien de un intento más estructural de corregir nuestro modelo de desarrollo, que comenzó tras la gran recesión de 2008-2013.

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En las últimas décadas, Italia ha seguido una senda de baja competitividad, basada principalmente en la contracción de los costes salariales y la precariedad del mercado laboral. Por ello, la tasa de crecimiento ha sido casi siempre inferior a la media europea. Además de la enorme deuda pública y el declive demográfico, las razones de esta desaceleración fueron la escasa inversión en innovación y capital humano, la baja calidad de la regulación pública y el déficit de modernización de nuestras infraestructuras. Todo ello se tradujo en una evolución de la productividad especialmente decepcionante, que ni siquiera los bajos costes laborales (un 30% menos de media que los de las principales economías europeas) pudieron compensar.


En resumen, en vísperas de la gran recesión teníamos una estructura productiva frágil y un sistema de innovación débil, lo que hizo que Italia fuera especialmente vulnerable a la crisis internacional. Al final de esta última, en 2014, nuestro PIB era ocho puntos porcentuales inferior al de 2008, mientras que Alemania y Francia habían crecido un 5% y un 3%, respectivamente. Sólo en el sector manufacturero, el número de empleados y el valor de la producción han caído un 10% y el número de empresas operativas, hasta un 14%.

Sin embargo, una crisis tan dramática también ha desencadenado una dinámica generativa y un replanteamiento de las estrategias competitivas seguidas por Italia en los años anteriores. Desde este punto de vista, la Gran Recesión ha sido un revulsivo, ya que ha demostrado la incoherencia de este camino centrado en la baja competitividad y en las políticas neoliberales hechas a la italiana. Estas políticas no sólo han reducido la competitividad de las empresas y han aumentado las desigualdades sociales, creando un caldo de cultivo para los populistas caseros, sino que también han atrofiado la demanda interna y la dotación de bienes colectivos que incentivaban la competitividad, frenando así la modernización económica, social y política de nuestro país. Se trataba de una estrategia increíblemente miope para una economía avanzada, teniendo en cuenta un mercado global y una revolución tecnológica que, por el contrario, recompensa a quienes realizaban inversiones a largo plazo, centrándose en la innovación, la calidad de los productos y la potenciación del capital humano. 

En este contexto, la fase actual puede definirse como una coyuntura crítica. En la literatura especializada, este término se refiere a momentos históricos de relativa indeterminación estructural, en los que se debilitan los mecanismos de rigidez institucional. Se trata de periodos en los que las restricciones derivadas del pasado se aflojan, mientras que las opciones posibles se multiplican. En otras palabras, se amplía el espacio para la regulación: los buenos empresarios políticos y económicos pueden tomar decisiones que antes eran difíciles o incluso imposibles, produciendo resultados que eran inesperados sólo unos años antes. Se trata, pues, de abrir una ventana de oportunidad.

Aparte de la mejora del clima entre los observadores internacionales y la opinión pública nacional, ¿qué indicadores económicos apoyan esta hipótesis? En primer lugar, los de corto plazo. Por primera vez en muchos años, el crecimiento del PIB y de la inversión en Italia es superior al de otras economías europeas. No estamos, pues, en presencia de un simple repunte respecto a la crisis pandémica, ya que la aceleración en las inversiones brutas de capital fijo (FBCF) comenzó tras la Gran Recesión, siguiendo un ritmo muy sostenido en la industria manufacturera y, en particular, en algunos sectores estratégicos (como el mecánico), donde los aumentos son superiores a los de otras grandes economías europeas.



Lo mismo ocurre con el gasto de las empresas: a) en investigación y desarrollo, que, al contrario de lo que ocurría en el pasado, crece a un ritmo superior a la media europea; y b) en la financiación de la investigación universitaria, donde en los últimos años, gracias a determinadas medidas de incentivación, la inversión de las empresas privadas se ha multiplicado por cinco, lo que nos ha llevado al tercer puesto de Europa.

Los resultados empiezan a verse. Al menos esto es lo que se deduce de los datos de la Community Innovation Survey, que la UE realiza periódicamente para estudiar la capacidad de innovación de las empresas europeas. En la encuesta de 2006, sólo el 35% de las empresas italianas fueron clasificadas como innovadoras; cuatro puntos menos que la media europea e incluso 26 menos que Alemania. En 2018, el porcentaje italiano había crecido hasta el 63%, 13 puntos más que la media europea, 12 más que Francia y solo cinco menos que Alemania. Un reciente estudio realizado por el Centro Luigi Bobbio de la Universidad de Turín, en colaboración con el grupo Noovle-Tim, indica un fenómeno similar en el frente de la digitalización (A. Gherardini y F. Ramella, 'Digitallizzazione e PMI'). Entre 2018 y 2020, las empresas italianas han dado un gran salto en la adopción de servicios de computación en la nube, con una aceleración mucho más pronunciada que en Alemania, Francia y España, lo que nos sitúa en la estela de los países más digitalizados de Europa (Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia).

Todos estos avances pueden resumirse mediante la clasificación del Cuadro Europeo de Indicadores de Innovación, que pretende evaluar comparativamente la calidad de los sistemas de innovación de los estados miembros. Como es sabido, Italia no aparece ni en el grupo de Líderes de la innovación ni en el siguiente grupo, Fuertes innovadores. En cambio, se sitúa en el grupo de los Innovadores moderados, es decir, entre los países que obtienen resultados inferiores a la media europea. Sin embargo, nuestra clasificación ha mejorado considerablemente en los últimos años. En 2008, Italia ocupó el último lugar en la lista de moderados, situándose en la 18ª posición (excluyendo a Gran Bretaña), 26 puntos por debajo de la media europea. Hoy, por el contrario, ha alcanzado la cabeza del pelotón de perseguidores, situándose en el puesto 12º, a un paso de la media europea y de entrar en el grupo de los Fuertes innovadores.

No cabe duda, pues, de que la Gran Recesión ha desencadenado un esfuerzo de corrección de nuestras estrategias de desarrollo; un intento que no ha sido del todo planificado y quizás ni siquiera del todo intencionado, pero que se ha beneficiado de las decisiones tomadas por las empresas y de los estímulos introducidos por algunas políticas bien pensadas. Como es bien sabido, las crisis son extraordinarios desencadenantes de aprendizaje. Es por ello que los datos expuestos hasta aquí nos llevan a considerar la fase actual como una coyuntura crítica para Italia, en la que los factores estructurales y de los organismos reguladores pueden re-combinarse de forma más virtuosa que en el pasado y producir un cambio inesperado.

En cuanto a los factores estructurales, hay que recordar que, aún hoy, nuestro país tiene el segundo sector manufacturero de Europa y que esta posición también está presente en los segmentos de alta y medio-alta tecnología. Por lo tanto, en su estructura económica existe potencialmente una coalición de crecimiento interesada en modernizar el país, lo que le permite centrarse en un alto nivel de desarrollo. 

En cuanto a los factores de la agencia, también hay que mencionar otros elementos favorables. En primer lugar, la buena actuación del Estado italiano durante la pandemia, que le ha permitido recuperar parte de la confianza institucional y debilitar el control de los mensajes populistas entre la mayoría de la población. En segundo lugar, la llegada de un Gobierno de coalición nacional que estabilizó (al menos temporalmente) el marco político, ayudando a despolitizar (al menos parcialmente) las políticas de contención del virus. En tercer lugar, el 'factor D' (Draghi), que ha reforzado enormemente la credibilidad del Gobierno italiano tanto a nivel externo como interno. En cuarto y último lugar, el laborioso arrepentimiento de la Unión Europea, que ha dado una respuesta a la crisis pandémica muy diferente a la que dio durante la Gran Recesión. Los fondos de Next Generation que se movilizarán gracias a la UE refuerzan la idea de que Italia tiene ante sí una oportunidad histórica para enderezar, en la medida de lo posible, el camino torcido de nuestro modelo de desarrollo, haciéndolo también más inclusivo.

Hay toda una serie de riesgos y precauciones que enfrían cualquier optimismo fácil. Y es que tendremos que hacer frente a una serie de problemas perversos; tan arraigados, complejos y difíciles de tratar que parecen francamente irresolubles. Por lo tanto, en ninguna parte está escrito que podremos aprovechar esta gran oportunidad; aunque esa oportunidad, a día de hoy, existe.
 
(Este análisis fue publicado originalmente en 'Il Mulino')
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