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MALTE MUELLER (GETTY)

El humanismo ya no basta

Andrés Ortega

9 mins - 16 de Diciembre de 2022, 07:00

Las apelaciones al humanismo, a veces no exentas de una cierta beatería y que olvidan el desastre medioambiental que ha traído consigo el llamado Antropoceno, han vuelto a resurgir ante, entre otras cosas, ante el reto que supone la revolución tecnológica, las nuevas máquinas, especialmente la inteligencia artificial (IA), y las posibilidades, positivas y negativas que brinda la nueva ciencia biológica. Pero el humanismo ya no basta ante estos desafíos por, al menos, tres tipos de razones: la cultural, la tecnológica y la ecológica. Sin renunciar a lo mucho que tiene ha tenido de positivo, hay que replantearlo e ir más allá. 

Entiéndase por humanismo, en este contexto, que la tecnología (o la filosofía, o lo que sea) esté al servicio del ser humano, y no al revés, y que se considere a éste el centro de casi todo. 'Garantizar una digitalización humanista, que ponga a las personas en el centro', dice la Carta de Derechos Digitales impulsada por el gobierno español. Pero como casi todo ya, tiene que estar al servicio de objetivos que van más allá del ser humano. Este es el nuevo avance conceptual, y esperemos que práctico.

En términos culturales, el término, el concepto, no es universal. Tiene su origen en el antropocentrismo griego y cristiano, frente al teocentrismo medieval, lo que fue un paso positivo. Otras culturas, que no han vivido esa evolución de la misma manera (aunque muchas tuvieron su propia Ilustración y su propio Renacimiento, pero diferente), prefieren hablar de human-centric o human-centered, es decir, centrado el humano, que es el término que se va imponiendo en el debate global, aunque tampoco sea suficiente. Ni siquiera para el ser humano, que de ciudadano o persona (un avance) se ha convertido no ya en 'consumidor', sino en mero 'usuario'. Y no son los usuarios los que tienen el control, en último término, de los aparatos o servicios digitales que reciben, o de los datos que entregan (a menudo sin saberlo, o sin importarles) o de los inputs que intentan influir en ellos. Falta una idea práctica de ciudadanía digital, y de gobernanza democrática de este nuevo mundo tecnológico. Aunque democracia y humanismo son cosas distintas, pero no distantes.

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Desde Occidente se aportan iniciativas. Humanidad, bienestar, valor humano, derecho, dignidad, libertad, educación, bien común, entre otras, son conceptos, entre otros, muy repetidos, por ejemplo, por el Centro para una Tecnología Humana, que tiene como objetivo 'alinear la tecnología con los mejores intereses de la humanidad, la tecnología hacia un futuro más humano que apoye nuestro bienestar, el funcionamiento democrático y un entorno de información compartido.'

Hay mucho que aprender de otras culturas, orientales. Por ejemplo, del sintoísmo y del taoísmo, que facilita la relación del ser humano con las cosas, incluidas las máquinas y la IA. A saber, del buen gobierno (confucianismo), que también ha de gestionar bien el cambio tecnológico, de la armonía con el entorno (taoísmo) y del conocimiento de la mente (budismo), como lo resume la orientalista Chantal Maillard. O la tradición india de custodia de la naturaleza, de la que se reclama el primer ministro Narendra Modi, que preside en estos próximos 12 meses el G20, donde se deberían introducir más estas ideas. Pues, además de para la economía y la política, el G20 debe servir también para el diálogo entre culturas y su enriquecimiento mutuo.

Por el contrario, en un mundo globalizado, si no logramos una cierta síntesis cultural, que parta no ya del respeto sino del interés hacia el que piensa de otro modo, podemos llegar a un choque de culturas o civilizaciones, esta vez a través de los diferentes enfoques de la tecnología. Se intenta superar esto, por ejemplo, en la Declaración de Principios sobre la IA del G20, de 2019, demasiado general y poco operativa, firmada por China, entre otros, u diversas otras propuestas. Es papel mojado.

La segunda razón, la tecnológica es que tendremos que mezclarnos con las máquinas, conectarnos a ellas. Ya lo estamos en cierta forma, desde fuera de nuestros cuerpos, por ejemplo con los móviles. Cambiaremos con ello y con los avances en ingeniería genética que permitirán superar diversas enfermedades, pero también mejorar, o mejor dicho 'aumentar' a los seres humanos, o a algunos seres humanos Como dice el médico y biólogo Siddhartha Mukherjee (El gen, 2016) 'nuestra capacidad para comprender y manipular genomas humanos altera lo que para nosotros significa ser humano.' El transhumanismo (muy bien estudiado y reflexionado entre nosotros por el filósofo Antonio Diéguez) nos obliga a repensar el humanismo. Que todo esto no es un sueño, o una pesadilla, lejana, lo refleja el anuncio de Elon Musk de que en seis meses se implantará un chip en un cerebro humano con tecnología de Neuralink, la empresa de neurotecnología que montó con estos y otros fines. Por no hablar de los primeros ensayos de edición de genes humanos (en los que China está en cabeza).

También se plantea la cuestión de cómo tratar a las máquinas, si acaban siéndolo, sentientes (término que utilizara Xavier Zubiri) o inteligentes. El Parlamento Europeo abrió la puerta hace unos años a otorgar a los robots avanzados en un futuro un estatus de 'personalidad electrónica'. El IEEE (el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos, la mayor organización profesional técnica del mundo dedicada al avance de la tecnología en beneficio de la humanidad), considera, sin embargo, que 'en el futuro previsible, no se debe conceder a los sistemas de Inteligencia Artificial derechos y privilegios iguales a los derechos humanos: deben estar siempre subordinados al juicio y al control humanos'. Una empresa como IBM opina que 'los sistemas cognitivos no alcanzarán de forma realista la conciencia o la agencia independiente'. Prefiere insistir en promover la IA y los sistemas cognitivos para 'aumentar la inteligencia humana'.



La tercera razón es la ecológica. Debemos pensar que no somos el centro del mundo (la Tierra, y el espacio). Que tenemos que tener responsabilidad para preservarlo y mejorarlo. Algunos (como Raimón Panikkar) hablan de 'ecosofía', una sabiduría de la Tierra. La teóloga cristiana Karen Amstrong insiste en lo “sagrada” que es la naturaleza, y, sin volver a la 'Hipótesis Gaia' (de Lovelock, según la cual la Tierra es un sistema regulado por la vida en ella), hay un auténtico alud de pensamiento al respecto, para pasar de lo 'humanocentric' a lo'ecocentric'. También tiene mucho que ver con las reflexiones sobre la tecnología, que es necesaria, por ejemplo, para luchar contra el cambio climático, pero que también a su vez genera gases de efecto invernadero. Se calcula que el ecosistema digital mundial es responsable del 3% de la energía primaria mundial, del 7% del consumo de electricidad y de entre el 2% y el al 4% de las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el mundo, y creciendo en todas las regiones y con el inmenso gasto energético que supone la nueva inteligencia artificial (especialmente en el entrenamiento de sus sistemas, aunque, claro, mucho, no todo, dependerá de la fuente de esta energía). Cómo conciliar la digitalización (uso y fabricación de dispositivos) y en general la tecnología con menos emisiones es uno de los grandes temas de nuestro tiempo, que, finalmente, ya ha entrado en la agenda pública y en la privada. Véase a este respecto esta propuesta de agenda global en el marco del G20, y el decálogo de la reciente Declaración de Bilbao Green Digital al respecto. 

Estamos en un cambio de era. Como decía el filósofo Luciano Floridi en su 'Online Manifesto' (2015) 'la modernidad ha sido una época de relación tensa entre los seres humanos y la naturaleza, caracterizada por la búsqueda humana para descifrar los secretos de la naturaleza, mientras que al mismo tiempo se consideraba la naturaleza como un depósito pasivo sin fin'. Eso se ha acabado. Gegory Claeys, historiador de la Utopía (su último libro es Utopianism for a Dying Planet: Life after Consumerism) advierte que 'ante el colapso medioambiental de la Tierra, está claro que la innovación tecnológica por sí sola no salvará nuestro planeta. Se requiere un enfoque más radical, que implique cambios profundos en el comportamiento individual y colectivo.'

Por ejemplo, en la alimentación. Habrá que cambiar hábitos. No ya por la producción de metano por la ganadería, que tiene parte de mito, sino por la generación de gases de efecto invernadero por los desperdicios alimentarios que provocamos. La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) calcula que, si el desperdicio mundial de alimentos fuera un país, sería el tercer mayor contribuyente a las emisiones de estos gases, tras China y Estados Unidos. ¿Humanismo? En todo caso, 'ecohumanismo', con lo llamó ya Takaki Yamauchi en 2019 al diseccionar el confucianismo japonés. 

 'Si los seres humanos no hacemos la reflexión necesaria, serán los robots quienes la hagan', señala Rafael Martínez-Cortiña, defensor de una 'revolución humanista'. Más bien, debemos hacerla con los robots. Aunque no es fácil meter estas ideas y objetivos, siquiera el humanismo, en los programas informáticos, en las máquinas.

 
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