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LUIS SEVILLANO

Josep Piqué y la España que pudo haber sido

Ignacio Molina

6 mins - 10 de Abril de 2023, 09:00

En un país donde el volumen de casi todo resulta más elevado de lo aconsejable y en el que estamos habituados a los gritos de los políticos y sus arengas chirriantes, lo primero que llamaba la atención al escuchar a Josep Piqué era su voz de intensidad contenida, tonalidad grave, y pausas después de cada frase. Podía hablar muy deprisa, y a veces ponía a prueba la capacidad de las taquígrafas en las Cortes, pero nunca lo hacía de forma altisonante. El timbre y la cadencia tan característicos le dotaban de credibilidad y hasta de una auctoritas natural. Ayudaba a ello un ligero acento de su tierra natal que en España se ha solido asociar, al menos hasta hace diez años, con sensatez y buenas cualidades profesionales. 

No solo era persuasivo por su tono profundo o los ademanes templados. También lo era por la confianza y eficacia con las que expresaba sus ideas. José María Aznar cuenta en el primer volumen de sus Memorias que le nombró ministro porque, siendo aún líder de la oposición, le había dejado 'impresionado su capacidad dialéctica' tras escucharle en una cena. Considerando el modo habitual de selección de élites en España -donde la disciplina, la lealtad y la grisura ideológica priman sobre cualquier otra consideración-, resulta interesante constatar que un independiente llegó al Gobierno, a uno que era conservador, guiado solo por su talento y por la solidez con la que argumentó en una noche barcelonesa cómo había que modernizar España.

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Piqué, en efecto, encarnaba una España moderna y, por añadidura, una derecha flexible y un catalanismo cosmopolita que pudieron haber sido; que tal vez llegaron a serlo en aquel breve espacio de tiempo que coincidió con el cambio de milenio, cuando se completó la prodigiosa marcha de nuestro país desde el autoritarismo, el atraso y el aislamiento hasta la democracia, la convergencia económica y la europeización plenas. Sería errado caer en la tentación manriqueña y concluir que todo ha sido peor después, pero es manifiesto que el sentimiento de plenitud de aquellos años se disipó rápido y costará mucho que pueda volver. En un vibrante obituario que Ignacio Camacho ha publicado en ABC se identifica a Josep Piqué con el ideal imposible -al menos, visto con ojos actuales algo desesperanzados- de que en la derecha se imponga la corriente liberal y pragmática, las élites catalanas se alejen de la obsesión identitaria y, en fin, triunfe una ‘tercera España’ ilustrada, tolerante y bien conectada al mundo.

Tratar de mejorar la conexión política, económica e intelectual de nuestro país con su entorno europeo y global fue precisamente la dimensión más relevante de su variadísima biografía. En ello trabajó desde el servicio público, desde la actividad empresarial y, últimamente, desde una intensa labor de reflexión y compromiso con la sociedad civil (plasmados, de modo destacado, en el ‘Foro La Toja’, del que era impulsor, o de la revista ‘Política Exterior’, de la que era editor). Y esa vocación internacional se refleja también en que, de los siete años y medio en los que Piqué se sentó en el Consejo de ministros, siempre recalcó su aprecio especial por el breve pero intenso periodo (2000-2002) en el que ostentó la cartera de ‘Asuntos Exteriores’. 

Fue un bienio en el que España brillaba en Europa y, por extensión, en el mundo. Cuando se aprobó el Tratado de Niza que le reconocía como uno de los grandes Estados miembros de la Unión y se inició una Convención constitucional donde Madrid quería pisar fuerte. El momento en el que el euro llegaba a los bolsillos de los españoles sin retraso alguno con respecto a los países fundadores, y se registraban mejores indicadores macroeconómicos que Alemania (que incumplía entonces el Pacto de Estabilidad). También fue entonces cuando se organizó una impecable presidencia semestral que incluyó, por última vez, dos Consejos Europeos en el propio territorio: Sevilla y Barcelona. Éxitos que se proyectaban más allá de la UE y se plasmaban en la elección para un asiento del Consejo de Seguridad, una España más influyente que nunca en América Latina, y, sobre todo, una relación con EEUU inusitadamente activa. Hasta el secular problema de Gibraltar pareció tener entonces visos de resolverse.



Piqué no fue, desde luego, la única persona a la que se pueda atribuir el momento radiante de España en esos años. Al fin y al cabo, entonces se estaban culminando los esfuerzos de normalización e impulso diplomáticos llevados a cabo durante veinticinco años por los sucesivos gobiernos de la UCD, Felipe González y el primer Aznar. Además, aunque el ministro fue protagonista en muchos desarrollos relevantes -incluyendo la redacción de un novedoso plan de política exterior, una primera mirada estratégica a Asia, una relación con el Mediterráneo sur basada sobre la dimensión económica y financiera, y hasta el impulso del Real Instituto Elcano como centro de pensamiento autónomo fundamentalmente financiado por el sector privado-, lo cierto es que la política exterior y europea de aquel periodo estuvo, para bien y para mal, singularmente presidencializada.

Así, del mismo modo que el brillo y el relativo consenso dominaron desde la primavera de 2000 al verano de 2002, enseguida se abrió una fase mucho menos dulce, consecuencia del empeño estadounidense de ligar el infausto ‘Once de Septiembre’ con Irak y de graves errores no forzados que impulsó sobre todo Moncloa. La dinámica posterior fue deshaciendo el círculo virtuoso que había caracterizado el panorama general de la política española y el particular de sus relaciones exteriores. La década de deseuropeización que arranca con el último Aznar y la mala relación con Washington de los años de Rodríguez Zapatero se han ido corrigiendo recientemente, pero la concatenación de crisis (económica, territorial, política y sanitaria) han protagonizado el panorama desde 2008 hasta llegar al actual estadio de ruido, polarización y esencialismo que caracterizan los debates de la política española. Muy lejos del estilo sobrio y moderado que representaba Piqué y, con él, la España, la derecha y la Cataluña que pudieron haber sido. O que podrían tal vez serlo en el futuro. El amplísimo elogio que despierta su muerte permite albergar alguna esperanza.

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