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CINTA ARRIBAS

Los debates ausentes en la investidura

Juan Luis Manfredi

4 mins - 26 de Septiembre de 2023, 07:00

Desde el 23 de julio se han multiplicado los debates y las conversaciones en torno a las políticas de identidad en España. La aparición de nuevos idiomas oficiales en la Cámara, el independentismo, el señalamiento de los migrantes o la memoria están en primera plana. La agenda identitaria favorece la fragmentación y la polarización. Los partidos políticos se han acomodado a una conversación superficial. Los conservadores contemplan la Constitución como un libro cerrado, mientras que los socialistas han descuidado la mirada institucional. En los extremos, las voces templadas pierden relevancia ante la primacía del ejecutivo, la debilidad del sistema parlamentario o la sobreactuación. La calidad del debate público es discutible en un entorno dominado por los neologismos y ajeno a las evidencias. La manoseada batalla por el relato debilita las políticas públicas y a su actor principal, el sector público. En este contexto, me temo que los debates de investidura no aborden las grandes cuestiones sobre el futuro de España. 

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La piedra angular se sitúa en la definición y acotación del tipo de Estado que queremos para el siglo XXI. La estructura política y administrativa actual es rígida y tiene dificultades para adaptarse a los cambios de una sociedad digital, conectada y crecientemente urbana. Hay que señalar las prioridades en el medio plazo, promover la evaluación pública de las políticas y favorecer la ejecución en un entorno público-privado. No se trata de la retirada del Estado, sino -precisamente- de su defensa mediante la identificación de las necesidades del interés público. Redefinir la cartera de servicios significa abandonar el modelo administrativista basado en el presentismo de los funcionarios, la acumulación de infraestructuras vacías y la multiplicación de la burocracia como paradigma de la lentitud. La mayor innovación del sector público no consiste en ampliar la oferta de servicios, tareas y ocupaciones, sino en reducir su actividad e iniciativas. El actual apalancamiento de recursos dificulta la innovación. Hacer menos significa dejar paso a la iniciativa privada y al tercer sector, más cerca del terreno.



El nuevo Estado reclama liderazgo político de calidad, esto es, instituciones y procedimiento, propuestas innovadoras y evaluación. Son urgentes dos medidas concretas: la reducción de la interferencia política en los procesos de gestión de la administración pública y la promoción de la dirección pública profesional. La politización y el burocratismo expulsa la iniciativa privada y cortocircuita la transferencia de conocimiento, al tiempo que conduce a una administración paralela (fundaciones, agencias) con menores índices de calidad o transparencia. La dirección pública compite con la rigidez de los cuerpos administrativos y la incapacidad para atraer talento experimentado en el sector privado o social. Funcionarios homogéneos dan respuestas homogéneas.

La vertebración social reclama tres ejes. El cambio demográfico, resumido en bajas tasas de natalidad y envejecimiento saludable, consiste en saber cómo queremos vivir en la próxima generación. No todo se centra en la sostenibilidad de las pensiones, sino en las políticas de vivienda, el gasto sanitario o las ayudas sociales. El segundo es la desigualdad, agudizada por la pandemia, la robotización o el tsunami digital. Sin un Estado fuerte, las desigualdades crecen y la respuesta populista encuentra respaldo electoral. La tercera dimensión es el empleo, columna vertebral silenciosa de las políticas sociales. El sistema educativo, el mercado laboral y la tecnología convergen en este punto. 

El cuarto debate es la mirada internacional. El cambio climático debería ser una política de largo alcance, ya que somos un país sobreexpuesto. Las consecuencias afectan ya al sector turístico, las políticas de salud pública, la vivienda o la movilidad. No es una política en abstracto, sino un cambio sustancial en nuestro entorno. España podría y debería aportar mejores ideas sobre la construcción europea, constituida a menudo por el eje París-Berlín y, ahora, París-Berlín-Varsovia. Queremos una Europa política, más aún tras la agresión de Rusia, que nos recuerda que la política es el compendio seguridad, defensa, economía y valores. Nuestras preocupaciones, de Lisboa a Atenas, incorporan la dimensión de política industrial y empleo, las migraciones y el Flanco Sur. No es poca cosa.

En suma, ante el proceso de investidura y el nuevo ciclo político que se avecina, soñamos con un debate de altura que revise las claves institucionales, las normas y la cultura del liderazgo y las políticas públicas. Ojalá lo veamos.

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