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VEX COLLECTIVE (GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO)

Por qué la Unión Europea es más fuerte de lo que crees

Miguel Laborda Pemán

7 mins - 7 de Noviembre de 2023, 07:00

Hace unas semanas Boris Cyrulnik, el neuropsiquiatra francés que popularizó la idea de resiliencia, reconocía su frustración ante la situación europea. Testigo de cómo el colapso de Europa había arrojado a su propia familia a los campos de exterminio, mostraba abiertamente su estupor. Toda una vida enseñando a sus pacientes a volver a levantarse tras las vicisitudes biográficas, para confirmar que, como comunidad, los europeos seguimos enfrentando fantasmas similares a los de hace un siglo. Pero ¿es realmente así? ¿Tenemos los europeos razones para abandonarnos a la melancolía? ¿Nos ofrece Europa un espacio para el aprendizaje, la adaptación y la esperanza?

Sabemos lo qué permite a las sociedades aprender de su experiencia y adaptarse a contextos cambiantes. Se puede resumir en cuatro intuiciones básicas. Primera, la diversidad es importante: solo las sociedades plurales son capaces de encontrar las mejores ideas ante retos nuevos. Segunda: es positivo que un sistema esté dividido en varios componentes (sean comunidades, regiones o áreas de negocio) para que los riesgos no impacten sobre el conjunto. Tercera: medir los resultados antes de tomar una decisión (como el termostato que calienta o enfría la habitación en función de la temperatura) suele funcionar para conseguir unos mejores resultados en el futuro. Cuarta, la existencia de diversos niveles de decisión: cuando los que están más abajo fallan o se despistan, siempre hay alguien con una visión de conjunto capaz de coordinar, ayudar o, llegado el caso, imponer su decisión.

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A pesar del desencanto de Cyrulnik, la UE viene mostrando una enorme capacidad para adaptarse a embates inéditos para las nuevas generaciones. El propio Olaf Scholz recordaba ante el Parlamento Europeo el pasado 9 de mayo la facilidad con la que no pocas voces subestiman “la capacidad de cambio” de la Unión. Y, sin embargo, a lo largo de los siglos, los europeos hemos ido dotándonos de unos valores, reglas y procedimientos muy útiles para seguir siendo libres y prósperos a pesar de las incertidumbres crecientes que nos rodean. ¿Dónde está el secreto de esa adaptación permanente?

Somos un continente diverso. Y el primer intento por unir a esta variedad de pueblos, el romano, terminó colapsando ante la incapacidad de administrar esa diversidad. No es casual que los últimos emperadores primero y los sucesores de Carlomagno después apostasen por tocar tierra: dividieron el Imperio para hacerlo más gobernable. Pero esos cortafuegos, a pesar de hacer más manejable el problema para cada uno, terminaron siendo perjudiciales para todos. Sin coordinación alguna, los Estados resultantes, acelerando su divergencia como si fuesen especies evolucionando en distintos nichos ecológicos, estaban abocados a una competencia mutuamente destructiva. Solo después de sembrar de muerte y arruinar el continente en innumerables ocasiones, las élites europeas decidieron sentarse y hablar. 

Ese concierto de naciones fue un gran paso hacia la supervivencia de Europa. Pero no era suficiente. Empezábamos a ganar la paz pero aún nos faltaba el progreso. La llegada de la democracia vino a resolver esa limitación. Con ella, los Estados pudieron explotar en beneficio de todos la pujante diversidad que las guerras de religión habían acentuado. Porque lo cierto es que, además de justa, la democracia es, sobre todo, útil: permite que quienes enfrentan retos en su día a día transmitan sus propuestas de solución a quienes diseñan las políticas públicas. Al aflojar las mordazas sobre la innovación y facilitar la circulación de nuevas ideas, la democracia actúa como el termostato de nuestras sociedades. 

Tal y como la conocemos hoy en día, la UE es uno de los productos más acabados de eso que conocemos como sistema resiliente. En sus características más elementales tiene muchos parecidos con un hormiguero o una red neuronal, que son lo suficientemente flexibles para adaptarse sin romperse a desafíos inesperados. En su centro, los Estados, que, a pesar de la mala fama de las fronteras, delimitan la conversación pública, facilitan la cohesión social y disminuyen los riesgos de contagio. Por encima de ellos, un mecanismo de cooperación que permite gestionar la interdependencia de forma más eficaz que el viejo concierto de naciones. Y, por debajo, los ciudadanos, que, en toda su diversidad, garantizan a través del proceso democrático que el diseño de las políticas tiene en cuenta sus problemas y sus soluciones. No suena mal, la verdad. 



Además de una perspectiva novedosa sobre nuestra historia, entender Europa como un sistema resiliente nos aporta también algunas claves para seguir siendo libres y prósperos. Si Hungría o el auge de la derecha populista resultan una amenaza para el proyecto europeo, no es solo porque pongan en riesgo valores fundamentales europeos. Es, sobre todo, porque amenazan con reducir la diversidad necesaria para afrontar los retos que tenemos por delante. Si sabemos que un colectivo en el que conviven diversas visiones suele tomar mejores decisiones que un colectivo solo formado por los mejores (la sabiduría de las multitudes), una Europa sin húngaros o una Polonia con un colectivo LGTBI amordazado estaría menos capacitada para afrontar el futuro. Son ideas injustas, pero son sobre todo inútiles.

Hay otros riesgos más sutiles ante los permanecer alerta. La pandemia y la creciente rivalidad geopolítica han venido a reforzar el papel de la coordinación central. El Estado ha vuelto, sea en forma de política industrial activista o intervencionismo en los mercados energéticos. El creciente recurso a los reglamentos, de aplicación directa en los Estados miembros, es un síntoma evidente de una pulsión uniformadora que debilita la capacidad innovadora de los niveles inferiores. La revolución en la colección y tratamiento masivo de datos cuestiona el papel de la democracia como termostato social. ¿Para qué llamar al voto si los burócratas pueden preguntar a ChatGPT? 

No se trata de incidir en una retórica populista equivocada pero sí de poner el foco en los aprendizajes de nuestra historia: la diversidad de perspectivas nacionales y un difícil equilibrio entre tecnocracia y democracia han sido elementos centrales en la mejor experiencia de paz y prosperidad europea. Entender bien la capacidad de Europa para reinventarse a sí misma debe alertarnos ante inercias y euforias de mirada corta. 

Las próximas décadas pondrán a prueba la capacidad de Europa para seguir siendo un espacio de paz y bienestar. La invasión de Ucrania es solo un descarnado comienzo. En un contexto global en el que las consideraciones de eficiencia van dejando paso a las del poder, debemos asegurarnos de que la Unión dispone de todas las herramientas necesarias para seguir siendo lo que es. La experiencia europea de los últimos setenta años nos arroja un puñado de intuiciones básicas sobre qué permite a las instituciones adaptarse y seguir cumpliendo su función, de la misma manera que la abrumadora evidencia de los restantes siglos nos demuestra qué ocurre cuando falta uno de esos ingredientes. Serán esas ideas las que nos salvarán de las amenazas que acechan ahí fuera tanto como de nosotros mismos. 
 
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