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DEL HAMBRE

Se equivocan

Borja Monreal Gainza

5 mins - 10 de Octubre de 2023, 07:00

En muy pocas ocasiones uno puede estar tan seguro al emitir un juicio sobre una decisión o un acuerdo político. La mayoría de las veces son las emociones las que buscan en la razón la portavocía para explicar una visión ideológica de la realidad. Hay casos, sin embargo, en que la duda se desvanece frente a la evidencia. Pasa únicamente en esas extrañas situaciones en las que todo el mundo sabe que lo que tiene delante es un trampantojo pero se persiste en adular el traje del emperador por el temor a que declarar su desnudez muestre que todos estábamos en pelotas. Esto es lo que ha pasado en Granada con el cierre del último fleco del Pacto de Migración y Asilo de la Unión Europea: nadie se cree que sea bueno, ni siquiera útil, pero se empeñan en mantener el mantra de que un mal acuerdo es mejor que la falta de acuerdo. Pero se equivocan. 

Se equivocan, primero, por una razón teleológica: el pacto nunca servirá a sus objetivos. No parará las migraciones y no servirá para rebajar los flujos migratorios, al menos sustancialmente. El endurecimiento de las fronteras y de los sistemas de asilo no lo ha hecho hasta ahora y no lo hará nunca.

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Se equivocan, además, porque siguen poniendo el foco en el lugar equivocado. Seguridad frente a oportunidad. Los países de la OCDE necesitarán 400 millones de trabajadores hasta 2050 y, sin embargo, la movilidad de trabajadores no ha ocupado ni una línea en las discusiones del pacto. La política de sumir en la ilegalidad a las personas migrantes, y someterlas a la falta de derechos y obligaciones, sigue confirmándose como el paradigma dominante. Y detrás de esto están todas las externalidades negativas de la migración: forzar a las personas a vivir en la ilegalidad les hace vulnerables, frena su inclusión e imposibilita su participación y contribución plena a la sociedad. 

Se equivocan también porque continúan en el camino de la institucionalización del chantaje con nuestros vecinos de la frontera sur. La externalización de las fronteras suena a los expertos en seguridad a una medida pragmática que, en la teoría, parece excelente para esos que creen que se le puede poner vallas al monte. Pero en la práctica se convierte en un instrumento ineficaz que tiene como principales consecuencias la vulneración sistemática de los derechos de las personas que transitan por esos países, la creación y apertura de rutas migratorias más letales (como la atlántica), y el otorgar un poder ilimitado de negociación a regímenes que no tienen ningún pudor en usar la vida de las personas como arma de negociación. 

Pero sobre todo se equivocan porque el Pacto de Migración y Asilo sigue remando en contra de las sociedades que dice representar. Con la excepción de Grecia y algunos países del este, y contrariamente a la percepción que podamos tener, la mayor parte de las sociedades europeas consideran de forma mayoritaria que la migración contribuye a construir un país mejor. En España, de acuerdo a la encuesta Social Europea, un 49% de la población lo cree (frente a un 20% que considera que la empeora). Incluso Italia muestra esta tendencia. Es decir: existe una oportunidad política de proponer un modelo migratorio diferente sin que esto suponga un precio político elevado. Porque, que un perro ladre no convierte en rabiosa a toda la manada. La estridencia de los Abascales y las Melonis solo les representa a sí mismos en cuestión migratoria. Y su margen de explotación de la migración como elemento de odio se basa más en la incapacidad del Estado de generar procesos de inclusión eficientes y eficaces que en un sentimiento de rechazo de social. 

Y lo mejor es que nuestra hipocresía nos ha dado un ejemplo que nos demuestra que otro modelo migratorio es posible. Cuando ocho millones de ucranianos huyeron con lo puesto y se presentaron a las puertas de Europa, de acuerdo con el Eurobarómetro, ni un solo país consideró la migración como un asunto prioritario. La creación de un sistema de recepción, acogida e inclusión efectivo y eficiente a través de la Directiva de Protección temporal que aprobó la Unión Europea demostró que, lo que podía haber sido una crisis en los países de acogida, se diluyó en los asuntos públicos como una aspirina efervescente. 

Si hay un ámbito en la que proponer un modelo de evolución de una Europa a dos velocidades es la cuestión migratoria. Los países cuyas sociedades continúan creyendo que la migración favorece nuestro desarrollo económico y social deben aumentar el nivel de ambición y apostar por un marco de movilidad justo y eficaz que sea capaz de aprovechar los beneficios de las migraciones y minimizar sus impactos negativos. Ese debería ser el acuerdo al que aspirar. Y dejar al resto de países que se cuezan en su endogamia cortoplacista.

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