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CINCO DÍAS

Más emociones y menos datos para la transición ecológica

Claudia Detsch

8 mins - 28 de Noviembre de 2023, 07:00

El tono del debate sobre el clima es cada vez más estridente. La izquierda debe hacerle frente con sencillez, honestidad y optimismo. Los sentimientos ayudan mucho más que los hechos.
Sí, los apologistas del “antes también hacía calor” siguen existiendo. Pero a la vista del creciente número de catástrofes meteorológicas, se han topado con la realidad. Para la derecha es más rentable apuntar a la política climática. Quieren convencer a la ciudadanía de que es el siguiente paso de una élite resentida para atacar la libertad y la prosperidad de la gente corriente.

Aquí tienen un juego doblemente oportunista, y esto hace que sea todo un reto para los progresistas contrarrestar este mensaje tanto en el plano político como en el comunicativo. Por un lado, muchas de las medidas que consiguen una rápida reducción de las emisiones se asocian a consecuencias socialmente indeseables. Por ejemplo, aumentando los costes de determinadas actividades y bienes. Esto eleva la apuesta: una buena política climática debe ser social o no lo será. En cualquier caso, no tendrá éxito.  

Hay que reconocer que hablar del clima es tan difícil como diseñar una buena política climática. El cómo es crucial. Los hechos no lo son. Los estudios científicos y las estadísticas sólo convencen a los que ya están convencidos desde hace tiempo. Los escenarios de terror del inminente apocalipsis climático tampoco sirven para movilizar a la gente. Los ciudadanos y ciudadanas asustados son más propensos a buscar consuelo en quienes no ven ninguna necesidad de actuar o en quienes prometen un retorno a tiempos pasados.

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Vagar sin rumbo tampoco es la solución. Tanto el reto como la solución están en nuestra propia puerta, y es ahí donde deben mostrarse y debatirse. El destino del oso polar en el témpano ártico sólo puede convencer a los zoólogos. Además, mirar por la ventana permite matar dos pájaros de un tiro. Las encuestas muestran que muchas personas valoran muy positivamente su propia disposición a realizar cambios en su vida a favor del clima, pero no creen tanto en la buena voluntad de sus congéneres. Esta supuesta falta de iniciativa  de los vecinos les inhibe posteriormente a realizar sus propios esfuerzos. En cambio, los ejemplos positivos de la propia región, comunidad o barrio, dejan claro que algo se mueve a izquierda y derecha de la valla del jardín. Y reduce el sentimiento de impotencia que suele prevalecer para muchos en el tema del cambio climático. Puedes hacer algo concreto, otros ya lo están haciendo. Si, por ejemplo, el consumo de electricidad de los vecinos del barrio se redujo el año pasado, eso les anima. Las campañas de éxito se basan en ejemplos de este tipo.  

Las emociones también son importantes en la comunicación. Los populistas de derechas apelan a los sentimientos, y por eso tienen tanto éxito. Los partidos de izquierdas apelan a la razón, los de derechas a las emociones. El campo progresista sólo puede perder en este juego. Las emociones de la población deben guiar nuestras decisiones políticas. No se trata de crear emociones a modo de relaciones públicas. Ya están en juego. Hay que abordar los miedos y las frustraciones, la ira y las dudas. El grupo destinatario potencial de los partidos progresistas es muy amplio: el campo de las emociones es consecuentemente grande. No se desmantelan negándoles su razón de ser. Se desmantelan señalando soluciones prácticas que inspiren esperanza, en las que todo el mundo participe y de las que uno pueda sentirse orgulloso.

Por supuesto, hay que ser honesto. Prometer la luna no funciona. Despierta desconfianza. Y cuando las reformas prácticas no llegan, la decepción es aún mayor. Se trata de una tríada: cuál es el reto, qué soluciones prácticas y socialmente equilibradas son posibles, qué resultados positivos aportarán  a la población. Estos resultados deben apuntar a algo más  que limitar el aumento de la temperatura. Esto no debería ser difícil para los socialistas y socialdemócratas. Al fin y al cabo, se trata de una nueva relación entre el mercado y el Estado, de una política industrial acertada, y de una mayor participación local.  

Las soluciones están en la propia comunidad o barrio y en la propia empresa. Esa es la clave para que la gente se implique. Y esto también puede subrayarse en la comunicación. Se trata de ofrecer soluciones concretas en las que todos puedan trabajar y codecidir. La gente no debe verse a sí misma como víctimas pasivas, sino que quieren ser partícipes activos del cambio. Y no quieren que se les sermonee. En cambio, los ejemplos positivos de su propio grupo de iguales son decisivos. Personas con intereses, actitudes y circunstancias vitales similares a las mías hacen algo diferente y les va bien. Este es el mensaje. No el dedo índice levantado en señal de reprimenda. Los llamamientos ahuyentan. Decirle a la gente lo que debe hacer es una buena manera de conseguir lo contrario. Lo que está bien visto, en cambio, es eficaz. Puede utilizarse para mostrar una evolución positiva. La gente sigue las normas socialmente reconocidas, quiere pertenecer a su grupo de iguales.



Comportarse de forma respetuosa con el clima debería ser algo sencillo.  Pero hay que reconocer que esto es más fácil de decir que de hacer, habida cuenta del enorme desafío que supone. Afecta a dos niveles: por un lado, es importante crear las condiciones marco para ello, por ejemplo proporcionando la infraestructura necesaria o la financiación adecuada. Por otro, hay que desarrollar valores y expectativas a nivel social.

Nuestras soluciones de política climática deben cumplir la promesa de garantizar una buena vida. Deben encarnar nuestros valores. Los populistas de derechas también apelan a valores en el discurso público. Y precisamente a los mismos que defienden los progresistas: Libertad. Comunidad. Puede ser doloroso verles abusar de estos valores, profundamente inscritos en la historia socialdemócrata y socialista, para sus propios fines. Porque sólo se preocupan de la libertad del individuo, sin tomar en consideración la de los demás. Y de la libertad de rendirse a la ilusión de que todo puede seguir como hace tiempo que dejó de ser. Sin embargo, la verdadera amenaza para la libertad es el propio cambio climático. Limitará nuestra vida cotidiana e imposibilitará muchas cosas conocidas. El cambio socio-ecológico, en cambio, prospera si se inicia y aplica a nivel local y con la participación de la población.  

La comunidad de los populistas de derechas es una comunidad que sólo sobrevive a través de un señalamiento agresivo y el ataque a otros grupos. Por eso los populistas de derechas han descubierto en la política climática un campo de acción privilegiado  junto a la política migratoria. Casi ningún otro tema polariza tanto. De este modo, los populistas de derechas aprovechan una característica central del debate climático y la refuerzan al mismo tiempo: la lucha contra el cambio climático se percibe en toda la sociedad como una cuestión más divisiva que unificadora. En consecuencia, es todo un desafío rebatir esta cuestión como tema ganador para la derecha.   

Lamentarse de esta apropiación e instrumentalización no sirve de nada. Hay que tomarlo como un incentivo. Reconquistar estos valores y honrarlos:en las reformas y en la comunicación. ¿Cómo se puede hacer esto? El suministro eléctrico basado en energías renovables se produce de forma mucho más descentralizada y a pequeña escala que el generado por combustibles fósiles. Esto lo hace más independiente y lo generaliza. Sin embargo, también permite, e incluso exige, que muchas personas participen en la generación de electricidad. La gente puede producir su propia electricidad, ya sea en sus propios tejados o mediante la pertenencia a una cooperativa o comunidad energética. Los ingresos pueden utilizarse localmente o distribuirse entre los miembros. Esta implicación personal crea soluciones prácticas. Y es una poderosa imagen de participación democrática de la población. El papel de los actores progresistas es garantizar que estos modelos se abran a los sectores de la población económicamente más débiles y no se limiten a la clase media alta. Quienes tienen buenas intenciones para la sociedad y el clima trabajan en el terreno de los intereses comunes, y comunican sobre ello.   
 
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