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PETER DEJONG (AP/ LAPRESSE)

París bien vale un Dubái

Pedro Fresco

5 mins - 22 de Diciembre de 2023, 07:00

La 28 Conferencia del Clima ha acabado con un acuerdo que los días anteriores parecía imposible. En un país petrolero, con un presidente de la Conferencia que era CEO de la petrolera estatal y que se había desmarcado con inverosímiles declaraciones, y con la carta que la OPEP había mandado a sus socios o aliados para intentar bloquear cualquier referencia a los combustibles fósiles, todo apuntaba al fracaso. Pero al final, ante la presión de la UE y otros países, apareció un término de consenso “transicionar para dejar atrás los combustibles fósiles”. No era la “eliminación progresiva”, pero sin duda se le parece. 

Por supuesto hay quien ha dicho que esto no vale para nada y que todo es un fracaso. Hay crónicas del fracaso que se escriben antes de cualquier cumbre porque, cuando no eres realista ni quieres serlo, todo va a suponer un fracaso siempre. Pero no es verdad. El acuerdo no es perfecto ni me atrevería a llamarlo un éxito, pero es un avance y es mejor que el fracaso. Por primera vez se señala a los malos de la película (los combustibles fósiles) y se habla de dejarlos atrás. Ya no son solo las emisiones sino lo que las provoca. 

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Si alguien piensa que los países petroleros iban a firmar el fin acelerado de su negocio, por muy necesario que sea, es que no entiende la realidad de la política. Un país como Arabia Saudí gana aproximadamente 600 millones de euros al día por vender petróleo y, además, también vende gas. Que lo vaya a dejar bajo tierra en un acto de generosidad universal es una pretensión infantil. Arabia Saudí, y otros, solo dejarán de extraer petróleo cuando no puedan venderlo. Y lo importante para que dejen de venderlo es avanzar en una transformación que lo haga innecesario. 

Más allá de la terminología, hay avances positivos. Hace unas semanas, la Agencia Internacional de la Energía explicaba que, para poder mantener el objetivo de no aumentar más de 1,5ºC a final de siglo, debían hacerse tres cosas para 2030: Triplicar la instalación renovable, duplicar la eficiencia energética y reducir las emisiones de metano en un 80%. Pues bien, las dos primeras condiciones se han plasmado literalmente en el acuerdo de la Conferencia y la tercera, aunque lamentablemente no se ha cuantificado en ese 80%, si se ha acordado “reducir sustancialmente” las mismas. 

Hay gente que ya está abogando por olvidar el objetivo más ambicioso de los 1,5ºC porque dice que ya es imposible y que deberíamos concentrarnos en el objetivo mínimo de París, no superar los 2ºC. El Acuerdo de Dubái nos dice que, independientemente de que se pueda lograr finalmente o lo difícil que sea, podemos seguir trabajando por el 1,5ºC. Los objetivos deben ser ambiciosos pero no imposibles, y salimos de Dubái sin tener ese objetivo imposible.

Triplicar la instalación renovable es un objetivo de dimensiones enormes. Estamos hablando de llegar a los 11.000 GW instalados en 2030, 7.600 GW más de los instalados a final de 2022. Hablamos de instalar 1000 GW al año, es decir, instalar en los próximos tres años la misma cantidad de capacidad renovable que se ha instado en toda la historia. Debemos más que triplicar el ritmo de instalación de 2022 y, gracias al enorme crecimiento de la energía solar fotovoltaica en el mundo en 2023, quizá solo duplicar las cifras de 2023.  



Estas cifras resultan una locura, pero una locura maravillosa. Con estas cifras desplazaríamos de forma intensa la generación eléctrica con combustibles fósiles y empujaría claramente hacia la electrificación, que nos va a permitir además cumplir con el objetivo de eficiencia. Hoy vivimos en una época extraña y terminológicamente líquida, bajo ciertas etiquetas se establecen grupos antagónicos entre sí y a veces uno no sabe qué significan determinadas palabras. Esto es lo que está comenzando a pasar con la etiqueta “ecologista”. Pero déjenme que les diga que si a cualquier ecologista de hace 30 años le hubiésemos dicho que el mundo iba a pactar instalar 1.000 GW al año de capacidad renovable hubiese llorado de alegría.

Esto requiere una acción sin precedentes. Las palabras del secretario general de la ONU, Antonio Guterres sobre que debemos hacer “todo, todo a la vez y en todas partes” para frenar el cambio climático adquiere forma definida en este caso. Para cumplir este objetivo hay que instalar fotovoltaica en todos los tejados que podamos y en tierra, eólica terrestre y marina, hidráulica, biogás, avanzar con la geotérmica, instalar bombeos, baterías y llevar esta electricidad a consumos finales ahora no electrificados mediante vehículos eléctricos e hidrógeno verde. Todo y lo más rápido posible. Si no se hace así será imposible.

“París bien vale una misa”, se supone que dijo el rey francés Enrique IV que tuvo que convertirse al catolicismo para ser rey. Pues en este caso, para cumplir el Acuerdo de París, bien está una “transición más allá de los combustibles fósiles”. Porque las cumbres del clima, y más en épocas políticamente líquidas, no se ganan en un acuerdo, se ganan en la acción diaria después de los acuerdos. 

Lo que debemos hacer es convertir los acuerdos concretos en realidad y los términos inconcretos en caminos inequívocos ¿Es verdad que Dubái es el principio del fin de los combustibles fósiles, como han declarado algunos? Lo será si nos lo creemos. Desarrollemos masivamente toda esa tecnología renovable e invirtamos en desarrollar aquellas tecnologías limpias que aun no están fuera de los laboratorios, y el petróleo se quedará bajo tierra porque nadie querrá sacarlo. Podemos hacerlo. 

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