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Plataformas, algoritmos y el trabajo como mercancía

María Luz Rodríguez

6 mins - 1 de Febrero de 2024, 07:00

Dos años después de que la Comisión Europea propusiera la aprobación de una Directiva para la mejora de las condiciones de trabajo en la economía de plataformas, y tras un difícil proceso de negociación, el 13 de diciembre de 2023 se alcanzó un principio de acuerdo entre el Parlamento europeo y el Consejo sobre el texto definitivo de esta Directiva. Sin embargo, en la votación definitiva del 22 de diciembre de 2023, una minoría de bloqueo compuesta por Francia, Italia, República Checa, Hungría, Lituania, Estonia y Letonia ha rechazado el acuerdo y, por tanto, la Directiva queda sin aprobar. Ello supone rechazar o, cuando menos, aplazar hasta la próxima presidencia belga del Consejo de la Unión Europea la aprobación del que se considera uno de los mayores hitos en la legislación social europea, pues esta norma comunitaria se dirige a proteger a las que quizá se encuentren entre las personas trabajadoras más vulnerables, en la medida en que no pocas veces se les niega, incluso, su condición de trabajador/a. Lo que significa denegarles la aplicación de los derechos laborales y de la protección de la seguridad social de que disfrutan el resto de trabajadores/as.

Por el momento, ello afectará a un número reducido de personas. Según datos de una encuesta piloto realizada en 17 países de la Unión Europea en junio de 2023 (entre los que no está España), únicamente el 3% de la fuerza de trabajo europea ha trabajado de forma remunerada en plataformas al menos 1 hora al día en al menos 1 semana. Sin embargo, la potencia de las plataformas no debe medirse por el número de personas que actualmente ocupan y que probablemente irá creciendo, sino por la capacidad que tienen de organizar el trabajo en una forma que no hemos conocido con antelación.

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La matriz del modelo de negocio de las plataformas digitales de trabajo es el uso de algoritmos y sistemas de inteligencia artificial (IA). Ello puede tener un efecto que podríamos denominar de fragmentación, mercantilización y precarización del trabajo. La utilización de algoritmos o sistemas de IA permite el emparejamiento en tiempo real de la oferta y la demanda de productos y servicios. Ello permite, a su vez, calcular con total precisión dónde, cuándo y cuánta fuerza de trabajo será necesaria para satisfacer las demandas de la clientela y dirigir por medio de nudges conductuales el número estrictamente necesario de personas regidas por algoritmos o IA hacia el lugar o el tiempo estrictamente necesarios para hacerlo. Esta es una de las principales ventajas competitivas que supone la utilización de la gestión algorítmica para las plataformas. Sin embargo, para el trabajo, ello implica la posibilidad de fragmentar la prestación de trabajo y utilizar por parte de la empresa el fragmento estrictamente necesario, por el tiempo estrictamente necesario y en el lugar estrictamente necesario.



Esta posibilidad cambia radicalmente la forma en que hemos entendido la provisión de trabajo hasta el momento. Ahora es posible “comprar” el trabajo estrictamente preciso para satisfacer la demanda de productos o servicios que, en un determinado momento y lugar, tenga la empresa, necesidades que se conocen en tiempo real por la utilización de algoritmos e IA y su capacidad de pronóstico sobre cómo y cuándo se producen las demandas de las y los consumidores. Esto es lo que se considera como comercialización del trabajo, esto es, la “compra” del pedazo o fragmento de trabajo necesario para satisfacer en el tiempo y lugar precisos y acotados las demandas de bienes y servicios. Lo cual es poco parecido a la contratación de una persona que desarrollará personalmente su actividad profesional a lo largo del tiempo y en un lugar prefijado, normalmente, por la localización de la empresa. Las instituciones laborales que conocemos sobre el salario o el tiempo de trabajo están pensadas para este último modelo, pero apenas encajan con la posibilidad de “comprar” los fragmentos de trabajo que facilita el empleo de algoritmos e IA por parte de la plataforma.

Lo anterior puede dar lugar a un proceso de precarización muy intenso, en el sentido de propender relaciones de trabajo de muy corta duración, inestables en su duración en el tiempo y que dan lugar a ingresos igualmente inestables y, por regla general, moderados. Más aún, esta despersonalización del trabajo, donde el foco se pone en el trabajo en sí y no en la persona que lo realiza, es el caldo de cultivo perfecto para el cuestionamiento del propio contrato de trabajo, que siempre hemos entendido con un carácter de intuitu personae. “Comprar” trabajo se parece mucho más a contratar un servicio que a una persona para que lo realice, lo que favorece la utilización del trabajo autónomo, propio de la contratación de servicios, en detrimento del contrato de trabajo, propio de la contratación de personas. Por último, la propia configuración de la empresa se ve comprometida por estos procesos de fragmentación y comercialización del trabajo. Mediante la utilización de algoritmos o sistemas de IA pueden coordinarse fragmentos de trabajo dispersos a lo largo y ancho del mundo, sin necesidad de tener más factor de producción que las herramientas tecnológicas necesarias y más ubicación que una aplicación en los teléfonos móviles u ordenadores de los trabajadores/as.

No es la anterior una visión distópica del trabajo y la empresa. Es una realidad que ya existe. Las plataformas digitales de trabajo en línea son el paradigma de cuanto se acaba de explicar y, más que empresas con presencia física, son mercados de trabajo virtuales y globales donde se “compran” y “venden” fragmentos de trabajo a cambio de un precio, sin más apoyo para su operativa que los algoritmos o sistemas de IA que lo hacen posible.

Por ello, el rechazo a la Directiva es una mala noticia, dado que, si no hay una regulación garantista del trabajo en plataformas, será el propio concepto del trabajo el que estará en peligro de extinción.
 
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