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JOAN SÁNCHEZ

Debatamos sobre migraciones, sí, pero con criterio

Borja Monreal Gainza

5 mins - 6 de Febrero de 2024, 07:00

Una respuesta a Iñaki Ellakuría, por Borja Monreal Gainza
Si un artículo junta entre sus líneas las palabras chiringuito, mamandurria, buenismo y woke, por principio, no lo leo. Para enfrentarme a diatribas ideológicas argumentadas con las tripas prefiero el silencio. Infelizmente, esta vez, sumaba además las de inmigración, gran reemplazo y multiculturalismo. Así que, para una persona que se dedica a estudiar el fenómeno de las migraciones, me sentí obligado a echarle un ojo. El autor, Iñaki Ellakuría es alguien capaz de tildar de xenófobos, con razón, a los líderes de Junts hace unos días cuando pidieron las competencias de migraciones para Cataluña, y hacer las mismas demandas para frenar la migración en España en la columna en cuestión usando los mismos argumentos empleados por el partido de Puigdemont. Sus principios son los mismos. Sus enemigos, distintos. Pero vamos al tema, en la citada columna, publicada en El Mundo el 27 de enero, y titulada “Abramos, pues, el debate sobre la inmigración”, el autor, en busca de una falsa equidistancia (los de la ultraderecha y los de ultraizquierda, y en el medio él) argumenta que no se puede negar la vinculación entre migración y delincuencia y que la única posibilidad es el endurecimiento de las fronteras para frenar la migración y salvaguardar “los devaluados estándares de libertad, confort y seguridad que habían distinguido a Europa de la barbarie”. Me centraré en su argumento: migración igual a delincuencia, ergo, solución igual a menos migración. Un silogismo sin fisuras, para alguien que no ha dedicado ni veinte minutos a estudiar los flujos migratorios. 

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Así que vamos al tema, lo primero, no olviden esto, los flujos migratorios son bastante estables y constantes a lo largo del tiempo y el endurecimiento de las fronteras no tiene efectos significativos en la disminución sobre estos. Y esto se produce por dos motivos: porque los incentivos a la migración (la situación económica, las condiciones sociales, los conflictos…), pesan mucho más que las barreras a la llegada en la decisión de migrar; y segundo por un efecto compensatorio muy interesante que está sufriendo el Reino Unido en sus propias carnes: el endurecimiento de las fronteras desincentiva la salida de las personas migrantes. Me explico, el stock neto de migrantes que entran a un país se calcula por la diferencia entre los que llegan y los que se marchan y, si un país dificulta los trámites para las entradas, muchas menos personas toman la decisión de salir y el stock neto aumenta. Además, se producen otra serie de efectos compensatorios por la vía de las entradas irregulares. Es decir, que intentar frenar las migraciones es, por un lado, ineficiente y por el otro estúpido: no frena los flujos y tiene además el potencial de aumentarlos. 



Pero entonces, ¿estamos abocados a todas las externalidades negativas de las migraciones que vívidamente, y con pocos argumentos, describe el autor? Por supuesto que no, y es que aquí está el principal error de análisis de Iñaki: estas externalidades no son el resultado de las migraciones, sino de un sistema de acogida e inclusión absolutamente disfuncional. Un ejemplo: cuando una persona migrante llega a nuestro país y se queda en la irregularidad, el sistema le obliga a estar un mínimo de dos años en esa situación para poder regularizarse por la vía del arraigo. Durante este tiempo que a veces se alarga ad infinitum por las dificultades formales de acceder al arraigo, estas personas no pueden trabajar, acceder a una vivienda o cursar una formación, es decir, no pueden disfrutar de ningún derecho, pero tampoco cumplir con ninguno de los deberes que se nos imponen como ciudadanos. 

Hemos armado un sistema que, en aras de satisfacer las aspiraciones racistas y chovinistas de unos pocos, es capaz de hacer florecer todos los aspectos negativos de las migraciones y anular la mayor parte de sus contribuciones positivas. Empujamos a las personas a unas condiciones de indignidad y luego nos quejamos porque no aceptan las mismas normas que les condenan a ser ciudadanos de segunda o, mejor dicho, “no-ciudadanos”. Y para prueba, un dato, en España se calcula que actualmente hay quinientas mil personas en esta situación. Medio millón de personas a las que les negamos el acceso a derechos, pero a las que también les vetamos la posibilidad de pagar impuestos y de ayudarnos a construir una sociedad mejor. Si algo ha demostrado la investigación sobre economía del desarrollo es que las migraciones son la mejor respuesta económica para acabar individualmente con la pobreza. Y también que, bien gestionadas, las migraciones pueden tener una contribución neta positiva en todos ámbitos económicos y sociales tanto de las sociedades de acogida como de origen. El problema es que seguimos dejando que los Iñakis marquen la agenda. Y los Iñakis, como de muchas otras cosas, no saben nada de migraciones.

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