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Manifiesto por una democracia radical

Jordi Sevilla

10 mins - 9 de Febrero de 2024, 07:00

Este texto es un fragmento de 'Manifiesto por una democracia radical' (Deusto), de Jordi Sevilla

Dos retos amenazan la supervivencia de la humanidad tal y como la hemos conocido hasta ahora: la catástrofe ecológica y la Inteligencia Artificial. Ambos, consecuencia de las acciones humanas guiadas por el afán de enriquecimiento privado. El capitalismo, como lo hemos conocido, en su versión neoliberal, ha resultado tener efectos depredadores sobre el Planeta y destructivos para la raza humana. Y generadores de unos niveles de desigualdad y otras brechas sociales incompatibles con el sistema político democrático. 

Carecemos de instrumentos eficaces para hacer frente a cualquiera de los dos retos que son globales y frente a los que solo podemos oponer compromisos voluntarios desde los Estados nación, inútiles, por su tamaño y funciones, para este desafío que los desborda.

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Urge, pues, un cambio de paradigma en la instrumentalización práctica de la acción política, entendida, no como la búsqueda del poder, sino como aquella que aspira a solucionar los problemas de los ciudadanos. A varios niveles: ensanchando la democracia nacional; creando una constitución y un sistema de gobernanza mundial; cambiando los objetivos del sistema económico hacia algo parecido a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y reformando el capitalismo egoísta hacia lo que se está llamando capitalismo de stakeholders, con empresas con propósito y preocupadas por un impacto social y en la naturaleza positivo de sus acciones, dispuestas a cumplir los Diez Principios del Pacto Mundial de la ONU,  y un Estado emprendedor y protector que haga de la eficiencia y de los datos la pieza central de sus políticas.

Un cambio que exige revisar las viejas dicotomías entre público y privado, entre individual y colectivo o entre izquierda y derecha porque, ahora, todas las opciones deben alinearse en el marco de unas responsabilidades compartidas.

Sin una Constitución de la Tierra y un sistema de gobernanza global en base a los principios de una democracia radical desde un sistema económico con propósito social alineado será imposible hacer frente con éxito a las amenazas del cambio climático y la inteligencia artificial, a los incumplimientos de los derechos humanos o de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

A todo eso le llamo Democracia Radical que se vislumbra, cada vez más, no solo como la mejor de las alternativas posibles para la convivencia en y entre sociedades plurales y diversas, sino, cada vez más, como la única opción real frente al caos que planea sobre nuestras cabezas.
Defiendo una democracia radical, en el sentido de ir a la raíz. Una propuesta aspiracional que nos lleve a reforzar los mecanismos actuales, deteriorados por el populismo, y caminar hacia una democracia más ancha y más profunda, pero también más exigente. Una democracia compleja que empieza por defender una aplicación radical de aquello que constituye sus principios constitutivos:

Tanta libertad real como sea posible
Porque sin libertad no hay democracia, libertad como derecho de ciudadanía. No sólo igualdad de derechos políticos, sino igualdad también de acceso a un paquete básico de derechos sociales. Libertad para llevar adelante el proyecto de vida que cada uno decida y con quien lo decida, lo que exige garantizar las condiciones materiales para hacerlo posible, entre otras, una renta básica de ciudadanía que, aun desvinculada del nivel de ingresos, ayude a reordenar el sistema impositivo y las transferencias sociales.

Tanta igualdad efectiva como sea necesaria
Es necesario ahondar en las políticas de igualdad de oportunidades introduciendo discriminaciones que favorezcan a los más pobres, aunque desfavorezcan a los más ricos (mediante impuestos a la herencia y la riqueza). Nada de esto contradice la exigencia de esfuerzo y responsabilidad personal que sólo puede ser éticamente exigible a partir de una (mayor) igualdad en las condiciones de partida.

Tampoco podemos perder de vista una cierta igualdad de desempeño que evite situaciones extremas e injustificables de desigualdad de retribuciones o de riqueza no atribuibles en exclusiva al esfuerzo, al talento personal o a la suerte, sino que son consecuencia del lugar que se ocupa en la sociedad y los derechos específicos que se derivan de esas posiciones privilegiadas.

Con nuevas fórmulas de participación social
Ensayemos fórmulas como el gobierno abierto, o como el espacio cívico, un entorno propicio para que la sociedad civil desempeñe un papel activo en la vida política, económica y social. Para que ello sea posible, los derechos cívicos básicos, como la libertad de expresión, de asociación y de reunión, deben funcionar sin restricciones.

Así, las democracias pueden poner en marcha un nuevo tejido institucional que complementa a los órganos representativos, lo que permite que los ciudadanos tengan menos motivos para desconfiar de sus gobiernos y, además, acertar más en la definición de las respuestas a los nuevos retos. 

Con enfoque feminista
Sin democracia no hay feminismo y sin feminismo no hay democracia radical. Una democracia radical es una sociedad de iguales, en la que nadie goza de privilegios por razón de nacimiento, sexo, raza, religión o creencias y en la que el sexo no determina un rol social obligatorio e inmutable.

La democracia radical o es feminista para el 99 por ciento de la población mundial o no será.



Y ampliando la democracia económica
Sigue habiendo un campo muy grande para buscar fórmulas que permitan ampliar y profundizar la democracia en el ámbito económico. Un vector de democratización en las empresas es la consolidación de lo que se conoce como empresa de stakeholders, obligada a involucrar en su gestión no sólo a trabajadores, sino a clientes y proveedores. 

Con visión transnacional y planetaria
Tenemos que pasar pantalla, ampliando la democracia a escala internacional para abordar plenamente los asuntos globales. Hay valores, principios y realidades globales que no deben ser parcelables dentro de las fronteras nacionales, por lo que la democracia radical debe ensancharse hasta alcanzar la dimensión mundial necesaria y urgente.

Necesitamos un cambio de paradigma que profundice en los valores de la democracia y los haga, efectivamente, mundiales, aplicables a toda la especie como megaidentidad que nos incluye a todos en el mismo equipo. Creernos y aplicar los Derechos humanos. Empezando por una revisión profunda de las relaciones entre nosotros y el planeta.
 

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La proclamación de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible representan dos revoluciones conceptuales de gran relieve: dotan a las sociedades de un propósito que transciende el crecimiento del PIB y provocan un cambio radical en la misión de las empresas, que dejan de ser maximizadoras de beneficios para sus dueños (aunque ser rentable es condición necesaria para no quebrar) y pasan a preocuparse del valor social que aportan, buscando un impacto positivo sobre el conjunto de stakeholders.

Humanizando la transformación digital
El uso masivo de la Inteligencia Artificial empujado por empresas privadas ha abierto un debate mundial acerca de sus evidentes beneficios. Pero también sobre sus no menos evidentes riesgos, sobre todo de la inteligencia artificial generativa, capaz de evolucionar sola en direcciones desconocidas para los humanos.

¿La democracia no tiene nada que decir sobre estas cuestiones y otros asuntos transcendentales similares? Se trata de humanizar la transformación digital y situar a la persona, sus derechos y libertades, en el centro de toda tecnología o proceso de cambio en clave digital. 

Un fantasma vuelve a recorrer el mundo. El fantasma del populismo. El populismo es una patología colectiva que se nutre de la frustración y el enfado como estadio generalizado de una sociedad cuando coinciden el desengaño por las promesas incumplidas y la falta de credibilidad de las alternativas reformistas.

Su esencia es la polarización, la confrontación, la conversión del adversario en enemigo, para lo cual recurre de manera sistemática, como estrategia política, a la mentira, el insulto, la descalificación, la humillación y la vejación del adversario. El odio al otro se convierte en norma con el populismo. Por eso el populismo agrede a la democracia y a la convivencia democrática. 

Todo ello se ha visto facilitado y potenciado por las actuales redes sociales, que actúan como campana de resonancia El populismo rompe el marco del debate democrático de manera permanente.

Vivimos un nuevo asalto a la razón. Para entender cómo toman decisiones los humanos hay que tener en cuenta dos realidades que relativizan su carácter racional: la pugna por la hegemonía entre el consciente (razón) y el inconsciente (emociones), así como la existencia de los conocidos sesgos cognitivos que a menudo nublan nuestro juicio.

Nada es como nos dijeron. A estas alturas del siglo, transcurridas tres décadas desde el comienzo real del siglo XXI, cuando se cierra el XX con la caída del muro de Berlín (1989) y el desplome de la Unión Soviética (1991), las cosas no son como nos prometió aquel neoliberalismo que se sentía triunfante frente al comunismo. Por fin, se decía, la realidad histórica confirmaba las tesis políticas, económicas y sociales del neoliberalismo. Y no ha sido así.

Tras haberles llenado de creencias erróneas y de promesas imposibles de cumplir, el fracaso del neoliberalismo ha hecho mucho daño a los humanos.

Los que esperábamos una nueva razón en torno a la que articular este siglo XXI, cargado de problemas y de oportunidades, hemos chocado con el resurgir de las emociones en su peor versión. Esa que nutre al populismo. Pero nada se puede construir desde discursos divisivos y de confrontación. 

Estamos ante el riesgo de que la democracia y la soberanía popular queden subsumidas en la confrontación partidista, como un mensaje publicitario más. Hay que enderezar una situación que nos acerca de forma peligrosa a un escenario en el que la soberanía del pueblo será la coartada de una autocracia más o menos encubierta.

Los humanos de hoy afrontamos los dos desafíos de especie, crisis ecológica e IA, desde una calidad de vida y unas expectativas infinitamente mejores que ninguna generación anterior. A pesar de ser muchos más.

Pero en la gestión de los asuntos personales y sociales, ante el fracaso del relato neoliberal, hemos regresado a épocas pasadas: la naturaleza humana no parece haber cambiado tanto y sigue dominada por las pasiones (lo irracional) y la confrontación (lo que nos separa).

Esa dualidad es parte de nuestra maldición, pero también de nuestras esperanzas de mejora: si mantenemos en la gestión de lo personal y lo social la prevalencia de esa razón y esa cooperación, que tanto éxito nos han proporcionado en otros ámbitos, las cosas serán diferentes y utopías como la paz perpetua (Kant) o la igualdad real de todos los seres humanos en derechos y libertades podrán acercarse a nuestra realidad. De eso va mi apuesta por una Democracia Radical. Merece la pena intentarlo, ¿no?   
 
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