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con la colaboración de:
STANISLAW PYTEL (GETTY IMAGES)

Los riesgos de la revolución de la inteligencia artificial

Manuel Alejandro Hidalgo Pérez

6 mins - 8 de Febrero de 2024, 07:00

Los efectos del cambio tecnológico en la producción, el mercado laboral, la remuneración de los trabajadores y el capital son complejos. A pesar de que tradicionalmente la percepción colectiva ha intentado simplificarlo, con el ludismo como exponente radical de esta simplificación, es complejo adelantar qué consecuencias tendrá cualquier revolución tecnológica en las variables o mercados mencionados anteriormente. La historia nos enseña que es difícil prever dichas consecuencias.

No obstante, lo que parece cierto después de casi tres siglos de revolución tecnológica, es que la tecnología facilita parcialmente, en especial gracias a los avances desde mediados del siglo XX, la automatización de tareas rutinarias. Esta sustitución, impulsada por la robotización y la computerización, ha reducido el número de empleos medianamente cualificados y menos vocacionales, en particular en el sector industrial. Por otro lado, estos cambios han complementado las tareas cognitivas, sociales y con mayor valor añadido. Esta dualidad de complementariedad/sustitución, sin embargo, ha provocado lo que para muchos es el principal coste de las revoluciones tecnológicas actuales: la polarización laboral y el aumento de la desigualdad salarial.

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Sin embargo, en los últimos años, casi diría que, en los últimos meses, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) como algo más general y capaz de realizar tareas que hace solo una década parecían ciencia ficción, podría cambiar todo el panorama productivo, laboral e incluso político y social a nivel nacional e internacional. Y es que, hasta hace poco, tener formación y saber utilizar estas tecnologías en la vida diaria resultaba una ventaja indiscutible. Mientras que la remuneración de los trabajadores cualificados seguía aumentando en gran parte de las economías desarrolladas, los salarios de los trabajadores no cualificados se mantenían estancados o, en muchos casos, disminuían claramente. La capacitación era una garantía ante un futuro incierto en lo laboral y lo personal. Sin embargo, los avances en la IA podrían reducir el espacio en el que los trabajadores, incluso cualificados, se sienten a salvo de la sustitución voraz que las máquinas ya han demostrado en otros empleos y tareas menos complejas. La amenaza se amplía.

Pese a ello, esto no significa que la irrupción de la IA implique el comienzo del fin del trabajo. Como siempre, la introducción de la nueva tecnología destruirá empleos, cuyas tareas principales ésta puede realizar, mientras al mismo tiempo impulsa el desarrollo de otros, gracias al aumento de la productividad que favorece la creación de nuevos empleos. Por lo tanto, una vez más, el efecto de estas tecnologías será complejo, incidiendo más en la redistribución de los ingresos entre los factores productivos que en crear un ejército de desempleados. La desigualdad será el principal factor para vigilar, no el desempleo tecnológico.

Sin embargo, este vector de influencia sobre la desigualdad no debería monopolizar toda nuestra atención. Y es que otra consecuencia adversa del actual cambio tecnológico es que podría ahondar en este dicho aumento de la desigualdad, no solo por el desigual y asimétrico efecto sobre los trabajadores condicionados por su cualificación, sino por su efecto diferenciado en el conjunto de los factores.  

Cualquier actividad que produzca un bien requiere insumos. Un mercado eficiente que distribuye equitativamente los beneficios para crear valor es aquel en el que la competencia es alta. Sin embargo, en los últimos años, no solo, pero sobre todo también debido a la IA, el cambio tecnológico ha facilitado la concentración de mercado y con ello un aumento en los márgenes corporativos que, previsiblemente, irán a más. Como Jan Eeckhout ha mostrado en su libro La paradoja del beneficio, en las últimas décadas, el aumento del poder de mercado ha provocado una concentración de los beneficios en las corporaciones generadoras de nuevas tecnologías, intensificando el aumento de la desigualdad más allá del mero incremento de los salarios relativos de los trabajadores cualificados. La retribución a algunos tipos de capital ha aumentado.



Pero, además, las consecuencias de la nueva revolución tecnológica no solo recaerán en la distribución de rentas. La concentración en pocas manos del control de las nuevas tecnologías puede transcender al mero ámbito de lo económico. Nunca tan pocas empresas han poseído el control del suministro de un factor productivo, de una tecnología de frontera, fundamental para el futuro de la humanidad.

Así, un recientemente un “briefing” del Parlamento Europeo, explica cómo la IA presenta tanto grandes oportunidades como riesgos, en particular para la convivencia y la democracia. Así, la IA puede aumentar la participación ciudadana y mejorar la representación política, pues podría facilitar a los ciudadanos entender mejor la política y a los políticos facilitando la elaboración de políticas más informadas. Sin embargo, la IA puede facilitar la difusión de información falsa que permita manipular la opinión pública a gran escala. Esto socavaría la integridad de democracia. 

Es por ello por lo que ante esta situación debemos ser proactivos. El control y la regulación de la IA debe ser un objetivo claro y evidente, aunque sin caer en excesos que limiten o impidan que estos nuevos avances generen el valor que están llamados a hacer. En todo caso, es imprescindible no reaccionar de forma excesiva, ya que, como se ha avanzado, históricamente la tecnología no ha eliminado trabajos de manera masiva. Fomentar la investigación sobre cómo la tecnología puede potenciar la creatividad y colaboración humanas, especialmente en empleos de baja y media calificación debería incentivarse. Mientras tanto, debe implementarse políticas que vigilen el ritmo de la automatización, faciliten la transición de los trabajadores desplazados y promuevan la educación y capacitación. Todo ello mientras se diseña una gobernanza reflexiva para que la IA promueva en lugar de obstaculizar los valores de convivencia y democracia.

En conclusión, los efectos de la revolución tecnológica actual, impulsada por los avances en inteligencia artificial, son diversos y de difícil predicción. Si bien históricamente la tecnología no ha eliminado empleos netos, es probable que se acelere la polarización laboral y el aumento de la desigualdad, tanto en términos salariales como de concentración de beneficios empresariales. Además, emergen riesgos para valores democráticos ante el creciente poder de unas pocas corporaciones tecnológicas. Por ello, se requieren políticas proactivas que promuevan la educación y recapacitación de trabajadores, faciliten la transición laboral, incentiven usos de la IA complementarios a las capacidades humanas, y establezcan mecanismos de gobernanza transparente y participativa sobre estas tecnologías. Solo así se podrá aprovechar su potencial para mejorar el bienestar colectivo. 
 
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